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Opinión | Misa de doce

Filmoteca Paradiso

La semana pasada las filmotecas de la Península Ibérica nos reunimos en San Sebastián para ponernos al día y trabajar sobre los denominadores comunes que nos conciernen a todos como institución. Fue un encuentro fructífero, de fraternal compañerismo, organizado magistralmente por los compañeros de la Euskadiko Filmategia (Filmoteca Vasca).

Durante intensas jornadas de trabajo debatimos sobre la importancia de reivindicar, de una vez por todas, la importancia y el papel fundamental de las filmotecas y los archivos fílmicos como centros de conservación, restauración, catalogación y difusión del patrimonio audiovisual así como los complejos procesos que el futuro nos impone en torno sus estrategias de conservación, sobre todo en lo referente a preservación digital.

En las filmotecas conservamos y restauramos nuestro patrimonio audiovisual, nuestros recuerdos, nuestra historia. Somos instituciones que luchan por combatir el alzheimer audiovisual convirtiendo nuestro legado en eterno y en una especie de cordón umbilical que conecta pasado y presente para poder mirar con claridad el futuro.

En las filmotecas no solo trabajamos con materiales tangibles, en la mayoría de los casos de carácter fotoquímico. Lo hacemos también con la memoria, con los recuerdos, probablemente el tesoro más preciado que tenemos los seres humanos. Recuerdos que han quedado grabados en soportes extremadamente frágiles y sensibles que se deterioran inexorablemente con el paso del tiempo. A su vez, tenemos también la fortuna y la enorme responsabilidad, de trabajar con sentimientos, en ocasiones más frágiles y vulnerables que una vieja película de nitrato.

La situación del patrimonio audiovisual en nuestro país no es nada halagüeña. Mientras la ley establece que los museos y bibliotecas de titularidad estatal, y por consiguiente todos los bienes muebles depositados en su interior, son Bien de Interés Cultural (BIC), no ocurre lo mismo con las filmotecas y con los materiales audiovisuales que en ellos se custodian. Filmoteca Española, principal institución del Estado encomendada en la restauración y conservación de nuestro patrimonio audiovisual, a día de hoy, no tiene la categoría de BIC ni los materiales en ella depositados el máximo nivel de protección.

Desgraciadamente, 130 años después, el cine sigue siendo un arte menor en nuestro país. Seguimos jugando en segunda división, siendo el ‘hijo tonto’ de la cultura, que a su vez es el último mono de la estructura gubernamental, y a menudo se nos sigue viendo como en aquellos años en que nos dábamos a conocer en los barracones de feria.

A día de hoy, noviembre de 2025, en España no hay un museo nacional del cine; como tampoco ha existido hasta hace apenas tres años, han tenido que pasar la friolera de 132 años para crearlo, un Premio Nacional de Patrimonio Cinematográfico y Audiovisual.

Las filmotecas somos guardianes silenciosos del patrimonio audiovisual. Sus archivos, fotograma a fotograma, atesoran buena parte de nuestra memoria cultural y social desde principios del siglo XX hasta nuestros días. Preservarlo es proteger nuestros recuerdos, nuestros sentimientos, nuestra cultura. Sin ella estamos abocados a la desaparición, a la nada.

En Francia, el cine es una estrategia nacional con un presupuesto anual de 700 millones de euros. En España, ni tan siquiera tenemos un museo nacional del cine. Sobran las palabras.

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