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Opinión | Dulce jueves

Charlatanes

El problema con los charlatanes no es la falsedad sino la falsificación. No engañan a nadie, pero destruyen la confianza, pilar básico de cualquier convivencia

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard

Siguiendo el pensamiento de Hannah Arendt, en su último libro Miriam Martínez-Bascuñán analiza la noción de posverdad y señala su punto culminante en enero de 2017, cuando la consejera presidencial de EE UU Kellyanne Conway califica unas palabras en contra de su relato como «hechos alternativos». Se inauguraba un tiempo en el que la verdad se volvía irrelevante. No sabemos si en otras épocas la verdad era la guía que orientaba el discurso público. Siempre ha habido mentira, engaño, tergiversación, manipulaciones de todo tipo como recursos para imponerse en la discusión política. Quizá lo nuevo es que ya no hay necesidad de ocultarlo. Hay un veneno más nocivo que la mentira, la charlatanería.

Más de diez años antes de aquel momento inaugural de los hechos alternativos, Harry G. Frankfurt esbozaba su teoría del charlatán. Lo que intuyó es que el charlatán está más alejado de la verdad que cerca de la mentira. Se trata de alguien que tiene menos intención de mentir que de distanciarse de la verdad, pues asume que en un mundo transparente como el que vivimos y en el que todo se sabe, la cruda y descarada mentira no tiene recorrido. Cuando ya no se puede engañar a nadie durante mucho tiempo, el poder de persuasión sólo puede apoyarse en la idea de que la verdad no juega ningún papel en el debate. Por eso el charlatán ha dejado de interesarse por ella. No presta atención a los hechos. Lo esencial de los charlatanes es la ausencia de interés por la verdad, la indiferencia por el modo de ser de las cosas. Lo vemos en los debates parlamentarios y las tertulias políticas: la apariencia de seriedad y apasionamiento de los discursos apenas oculta que están construidos sobre un trapecio que los separa de lo real. Preocupados del efecto que sus palabras causarán en las redes sociales, contagiados de su banalidad y fugacidad, políticos y periodistas arrojan sus palabras con la osadía de quien sabe que no se tomarán en serio. Véase a Sánchez dictando sentencia o a Miguel Ángel Rodríguez inventándose cosas. El charlatán es un farolero más que un mentiroso.

Como aclaraba Frankfurt, el problema con los charlatanes no es la falsedad sino la falsificación. No engañan a nadie, pero destruyen la confianza, pilar básico de cualquier convivencia. Son impostores con talento, falsificadores de calidad. Y su éxito les convierte en usurpadores. Lo que los hace peligrosos es su intención tergiversadora. No pretenden engañarnos sobre los hechos, sino sobre su propósito. El mentiroso oculta que quiere engañarnos sobre la realidad. El charlatán oculta que no le interesa la verdad de lo que dice, sólo sus efectos. De alguna forma, un mentiroso, al oponerse a ella, todavía respeta la verdad. El charlatán ni siquiera está de parte de lo falso, solo le preocupa adaptar las palabras a sus fines, que son distintos del engaño mismo.

Por todo ello la charlatanería es una amenaza pública. Cuando los políticos desprecian la verdad y habitan una realidad paralela a la medida de sus fines, y cuando los periodistas informan sin buscar la verdad, se falsifican a sí mismos. La política deja de ser el espacio de la deliberación y el periodismo se degrada en propaganda. Así se erosiona la confianza, por la impostura.

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