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Opinión | Tribuna libre

María Fuster Martínez

Vocal del Consejo General de la Psicología de España

La perspectiva psicológica en las políticas públicas

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Las políticas públicas tienen un nuevo epicentro: la atención centrada en la persona. Cabría preguntarse a qué se dedicaban anteriormente. Evitando ser condescendientes, pongamos alma en un sentimiento de pertenencia que cuide de dónde venimos, para saber quiénes somos y dónde vamos. 

El politólogo francés, M. Crozier (1922-2013) puso el dedo en la llaga al señalar que la administración pública no tiene los pies en la tierra. Lo obvio no es evidente en un mundo sin tiempo ni espacio para pensar. 

Responder si se puso o no en marcha el protocolo ante un caso de muerte con trasfondo de maltrato o abandono nos deja frente al limbo del sinsentido de problemas tan complejos y acuciantes, máximos exponentes del malestar. Desde ancianos que mueren solos o infantilizados en sus cuidados físicos, ignorando los psicológicos, tras un mandala que auxilia el caleidoscopio de una compleja realidad, la de sociedades cada vez más envejecidas frente a las exigencias del mercado, en donde los boomers exigirán algo más que manualidades, todo un reto cargado de consternación frente a un modelo de cuidados de proximidad que no habla de la atención al bienestar psicológico en la llamada  Estrategia estatal para un nuevo modelo de cuidados 2024-2030. Adolescentes frente a un acoso que les lleva a problemas mentales que arraigan en un interrogante del ‘casi para siempre’ o que encuentran en acto suicida la aparente salida sin retorno frente a la soledad e impotencia de un sistema que pone el acento en los procedimientos y no en la importancia de comprender y apoyar en procesos de maduración: escuchar y atender el sufrimiento, con rigor, con base en el conocimiento y metodologías que la psicología articula desde cada ámbito público, supone titulación, especialización y colegiación. 

El abuso y el desamparo es cara y cruz de la misma moneda. Todo, nicho de sufrimiento y daño psicológico. El acto y su consecuencia, respuesta mediada por una responsabilidad pública. 

La apertura de protocolos frente a la gravedad de estos síntomas sociales, fenómenos de una sociedad cada vez más deshumanizada, sigue respondiéndose desde coordinaciones basadas en la reingeniería empresarial (años 2000), haciendo de la derivación entre servicios el eje común, ya sea un gesto suicida, un caso de acoso escolar o sexual, de violencia de género, de desprotección infantil o adolescente, de maltrato a una persona mayor… El protocolo como respuesta a esta complejidad aparece como garante de atención, si bien desde unos servicios desbordados y afectados en su falta de modelo, cronificando y apuntalando tras la cuantificación la posterior explotación de datos: número de prestaciones, gastos por habitante, número de personas atendidas, o número de centros educativos y de recursos para la infancia con necesidades educativas especiales… Reducir el modelo a la cantidad, sin espacio ni tiempo para pensar lo complejo (lo cualitativo), a lo que añadir la angustia de unos profesionales desbordados. 

La calidad en las políticas públicas pasaría efectivamente por hacer que todos estos servicios giren en torno a las necesidades de las personas, sin fragmentarlas en esta derivada infinita protocolizada bajo un orden impuesto del axioma de «a cada servicio su asunto», pues de lo otro se ocupa aquel.

Por de pronto, poner la perspectiva psicológica en las políticas públicas permite la conservación de la unidad de la persona. Dar un espacio que considere el sufrimiento o sus dificultades para conseguir ciertos equilibrios psicológicos, permite dar un protagonismo al diagnóstico psicológico complejo, guiando la toma de decisiones desde lo particular y subjetivo de cada biografía en un contexto personal y en un barrio, pueblo o ciudad articulada con una mirada global de los servicios disponibles. Poner la perspectiva psicológica en los diseños de planes, programas y proyectos, bajo un modelo de centro, ya sea educativo, sanitario o de servicios sociales dejando espacio a lo interdisciplinar, hablando de lo que se necesita para cada caso y en conexión con ese espacio comunitario. Ahí la Psicología de la intervención social tiene todo que decir, porque los profesionales de la psicología ponen pensamiento y reflexión orientada.

Solo un dato, las psicólogas de los servicios sociales de atención primaria llevamos más de 30 años sin poder inscribir nuestras intervenciones (nada menos que diagnóstico y tratamiento) en las bases de datos del sistema, llamado ahora Sistema estatal de gestión de la información de servicios sociales (Segiss). Se supone que sobre su base se diseñarán las nuevas políticas públicas. Cabe preguntarse cuál es la resistencia para poner luz sobre la vulnerabilidad psicológica y social que afecta a las personas de un territorio.

No todo es patología mental. Sufrir en la pobreza cronifica la angustia, una angustia que puede derivar o no en patología mental, puede derivar o no en exclusión social, pero lo que sí hará es dificultar el proceso de maduración en una sociedad cada vez más competitiva. Y ahí sí, las salidas fallidas son altamente probables.

Vamos dando pasos bajo el protagonismo de determinados responsables políticos, cada vez más y mejor informados y sensibilizados, que entienden que atender a las necesidades psicológicas desde los servicios sociales, la educación y la sanidad, no es solo una urgente necesidad, es un derecho inherente a la calidad de las políticas públicas. n

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