Opinión | El retrovisor
El principio del cambio

Manifestación de apoyo al régimen por la Gran Vía de Murcia, de 1925 / Archivo TLM
En el fondo, a los de mi generación, el gobierno socialista de Pedro Sánchez nos hace un gran favor al utilizar el comodín de Franco y su franquismo para tapar cuitas, derroches, choriceos y las ocurrencias varias a los que nos tiene acostumbrados. Sí, el resucitar a Franco cuando conviene tapar algún chanchullo, es mucho más que hacerle un monumento: es mantenerlo vivo en la memoria y, para bien o para mal, mantenernos jóvenes a nosotros también, embutidos en las páginas de la historia de cada cual. Los días vividos en aquellos veinteañeros días de preciada juventud, cuando la sangre hervía al igual que las ideas y las ilusiones puestas en un futuro prometedor, en cuanto a libertades equiparables a países de rancio abolengo democrático.
Se van a cumplir cincuenta años de la muerte de Franco y, por ello, otros cincuenta de la instauración de la monarquía, en la persona de Juan Carlos I, bajo los auspicios del movimiento nacional nacido el 18 de julio de 1936. Resulta curioso y de una total y ridícula ingratitud que en los fastos que se organizan con motivo del aniversario de la monarquía se prescinda de la figura de su principal protagonista: el rey emérito Juan Carlos I, artífice de la transición a la democracia en España, y que su presencia se resuma a una comida familiar, según cuentan las crónicas palaciegas.
Las calles de Murcia participaban en aquellos días de cierta preocupación, al igual que el resto de España por los acontecimientos históricos que tenían lugar, aunque se seguía confiando en líneas generales, en que todo estaba «atado y bien atado», según proclamó siempre el Régimen. El asesinato de Carrero Blanco sembró una duda en un futuro por llegar, pese a los intentos del gobierno de Carlos Arias Navarro y su fallida ley de Asociacionismo Político.
Trapería seguía tomando el pulso a la ciudad y ‘La Covachuela’ de Romero se veía más frecuentada de lo normal, con mirones de titulares de los diarios que allí se exhibían y con la adquisición de la prensa que informaba de los trascendentales acontecimientos que se desarrollaron en esa fechas de noviembre de 1975.
La salud de Franco fue siempre algo sólido y seguro, tan invariable, que los rumores sobre su más leve alteración, como un simple catarro, se recibían con desproporcionada inquietud por la mayoría de los españoles. Fue el 9 de julio de 1974 cuando Franco ingresó en la Ciudad Sanitaria que llevaba su nombre para recibir tratamiento médico por un proceso de tromboflebitis, fue entonces cuando la gente comenzó a comprender que quizá la hora inevitable estaba muy próxima. Diez días después, la enfermedad alcanzó unos momentos de gravedad máxima, siendo investido de forma rápida el príncipe Juan Carlos con los poderes de jefe de Estado en funciones, poderes que Franco asumirá de nuevo a los cuarenta y cinco días, tras el dictamen favorable de los médicos. Hechos que llevaron a los más previsores a guardar y luego volver a sacar del armario las chaquetas blancas del uniforme del Movimiento.
Todo empezó con una gripe sin importancia. El 14 de octubre de 1975, la casi mítica fortaleza, la férrea salud del Caudillo, iba a recibir su último asalto.
Se suspendieron audiencias, mientras se informaba que la afección gripal evolucionaba satisfactoriamente. Pero los rumores de una supuesta gravedad parecen tener más fundamento; incluso el día 21 de octubre, la cadena norteamericana de televisión CBS interrumpió sus programas para anunciar la muerte de Franco. Pero Franco resistió. Durante un largo mes resistirá contra toda lógica, contra los pronósticos. Periodistas de todo el mundo siguieron día y noche el curso de su enfermedad, llegando a ser operado en un cuartel vecino al Pardo y posteriormente en La Paz. Los acontecimientos -hemorragias y fallos renales- se precipitaron. El fin estaba cerca.
Por si fuera poco, y aprovechando las circunstancias de debilidad en España, Marruecos no aceptó la política de autodeterminación del Sáhara y Hassan II amenaza con una marcha sobre el territorio. La ‘Marcha Verde’ estaba servida.
Un tiempo, un año y un mes de grandes acontecimientos históricos que los españoles supieron vivir en calma, pese a lo complicado de la situación, gracias a la figura del entonces Príncipe de España.
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