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Opinión | Salud y rock and roll

De la indignidad a la belleza

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Esta semana ha estado marcada por el victimismo, actitud en la que una persona se percibe constantemente como perjudicada por factores externos, evitando asumir responsabilidad por sus acciones. Ese victimismo tiene nombre y apellidos, de varios de los protagonistas de mi columna de hoy. Mazón, el novio consorte presunto defraudador y el rey emérito Juan Carlos I.

Ha tardado un año en irse; pero la realidad es que está fuera gracias al pueblo de Valencia y a las víctimas que día tras día han reclamado justicia. Es indecente cómo hasta el último momento no ha sido capaz de tener empatía ni humanidad para pedir perdón. Cada frase del discurso del pasado lunes era peor que la anterior; tuvo la cara dura de mostrarse como víctima, cuando desatendió la peor emergencia sufrida en nuestra historia reciente. ¿Cómo es posible que su partido le haya aplaudido, protegido y apoyado todo este tiempo? ¿Por qué ha tratado con tanto desprecio a las víctimas? ¿Por qué les niega el reconocimiento que merecen? Han perdido a sus hijos, madres, padres o vecinos. 229 personas perdieron la vida y se podría haber evitado. Espero que se haga justicia, que las víctimas puedan encontrar algo de reparación ante un dolor que durará toda la vida y, sobre todo, que se sepa la verdad. Nunca olvidaremos a un presidente indigno que no estuvo a la altura de su pueblo.

Pasemos ahora al victimismo del consorte: «O me voy de España o me suicido». Hombre, Alberto, no creo que estés en disposición de hacerte la víctima, pero ya que insistes, como decían en mi ciénaga favorita llamada X, «Alberto, si te vas, llévate a Isabel». Bromas aparte y poniéndome seria, le diría al consorte que no frivolizara con un tema tan grave como es el suicidio y que haga el favor de asumir los delitos cometidos y p´alante. Si queréis, otro día hablamos de la falta de pruebas en el juicio del fiscal general del Estado por presunto delito de revelación de secretos y lo que me pareció aún más escandaloso, la chulería de MÁR, admitiendo que no tenía ninguna fuente. La impunidad de algunos personajes en este país me provoca escalofríos.

No hay dos sin tres y digamos que este es mi favorito, el emérito. Qué necesidad, Juan Carlos, de escribir unas memorias, y sin pudor afirmar: «Soy el único español que no tiene una pensión». Es bestial lo fuera de la realidad que está, y me fascina cómo cree que sufre una injusticia. Pero aquí no acaba la cosa; Juan Carlos escribe en sus memorias: «Tras cuarenta años de dictadura, le di a los españoles una democracia que sigue viva; es mi herencia», declara, al recordar que cuando llegó al poder «tenía la brújula, pero no el plan» para llevar al país desde la dictadura de Franco hasta el régimen actual. Querido emérito, se ha olvidado usted de Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Torcuato Fernández Miranda, la sociedad civil y los movimientos sociales, por nombrar algunas de las figuras claves. Su ego, usted y yo no cabemos en la misma habitación. Cualquiera escribe un libro, ¿verdad, Juan del Val?

Menos mal que, entre tanta víctima y una actualidad política insoportable, algunos acontecimientos ocurridos esta semana me han dado paz y me han quitado las ganas de fabricar mi propio lanzallamas. Uno de ellos ha sido disfrutar de Jero Romero, su voz y una guitarra. Aquí encontré la paz y la soledad que necesitaba. Con la victoria de Zohran Mamdani he recuperado la esperanza en la política y me he reafirmado en la importancia de la sencillez, la cercanía, la naturalidad, en definitiva, la verdad entre tanto artificio y falsedad política. No habré podido ir a ver a Radiohead a Madrid, pero podré decir cuando sea viejita que LUX, el nuevo disco de Rosalía, es de lo mejor que he escuchado en mucho tiempo; si tuviera que decir una palabra sobre él, sería belleza. Ante tanta mediocridad, me quedo con la música, los escalofríos y la emoción que me provocan, ante tanta indignidad.

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