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Opinión | Cartagena D.F.

Sentencias y fallos

Queda claro que los milagros de la ciencia o la ciencia de los milagros no siempre van acompasados con las necesidades y prisas de cada cual, pero llegan

La posibilidad de elaborar un mapa completo de nuestro cerebro es una de las principales noticias del año

La posibilidad de elaborar un mapa completo de nuestro cerebro es una de las principales noticias del año / Freepik

La ciencia y la tecnología avanzan de la mano y propician que lo que hace tan solo unas décadas hubiéramos considerado ciencia ficción, sea hoy una realidad. El desarrollo y la universalización de la IA dan lugar a una nueva era cuyo impacto quizá aún no hemos analizado ni previsto, aunque, como todo en la vida, los problemas no están en las herramientas a nuestra disposición, sino en el uso que hacemos de ellas. La IA puede ser un arma en las manos de los herederos de quienes corrompieron el invento de Alfred Nobel, la dinamita, pero también el milagro que necesitamos para curar múltiples enfermedades o un instrumento que mejore nuestra calidad de vida y bienestar.

Los propios científicos no ocultan su asombro ante cómo el impulso de esta tecnología ha logrado hitos en la investigación inimaginables cuando iniciaron sus carreras profesionales y muestran un entusiasmo prudente y contenido para no generar falsas esperanzas en millones de pacientes que sueñan con tratamientos que erradiquen sus patologías incurables. Lo innegable es que los hallazgos en los laboratorios se han disparado y las perspectivas futuras son más que optimistas. Pese a ello, los propios expertos admiten que los tiempos de la investigación médica son lentos ante las urgencias de los pacientes. La aparición de fármacos eficaces y seguros requiere de cumplir los pasos y los procesos establecidos, así como del control de las agencias sanitarias. Saben que muchos enfermos compiten en una contrarreloj vital, por lo que se moderan y evitan los triunfalismos ante pasos gigantescos e impactantes.

La posibilidad de elaborar un mapa completo de nuestro cerebro que revela cuándo y cómo se forman las neuronas es, probablemente, una de las principales noticias del año, de las más relevantes, si nos alejamos de los titulares que se centran en un orbe político. Que se abra esta enorme puerta para luchar contra las afecciones y trastornos neurológicos como el alzheimer, el parkinson o el autismo es prometedor.

Queda claro que los milagros de la ciencia o la ciencia de los milagros, como ustedes prefieran, no siempre van acompasados con las necesidades y prisas de cada cual, pero llegan. Lo que no tengo tan claro es que queramos desnudar nuestro cerebro y que sea tan transparente. Y permítanme la ironía, no sé si de verdad queremos entender cómo actuamos y qué nos mueve en nuestras decisiones. Porque, a veces, no hay quien nos entienda.

El escenario de polarización que impera en nuestra sociedad genera episodios del todo incomprensibles para el pueblo llano, que solo quiere estar sano. Vivimos un momento donde, como ocurre con la medicina y los pacientes, la política y la justicia manejan tiempos distintos y, otra vez, las dolencias recaen en los ciudadanos, como si unos y otros olvidaran que ellos también lo son. Poco o nada entiendo de leyes y decretos, pero me pregunto de qué nos sirve que un juzgado declare nulo un gobierno que se formó hace cuatro años y que tiene su origen hace seis. ¿No es pegarnos un tiro en el pie? Se me ocurre que un fallo así permita corregir errores de cara al futuro, para evitar que algunas situaciones se repitan, pero aún no hemos dado con la máquina para regresar al pasado. Quizá, si lográramos que se agilizaran los procesos judiciales y que los tribunales resolvieran las disputas en plazos razonables, todo tendría más sentido. Si respetáramos más a quienes administran la justicia, todo sería más sensato. Y aquí, les remito de nuevo a mi ignorancia supina, porque puede que, al igual que la investigación médica ha de ser lenta para garantizar su eficacia y seguridad, pese a que llegue tarde para algunos, ocurra lo mismo con la justicia, que también debe andar con pies de plomo para que sea eficaz y justa, aunque nunca llegue a serlo del todo. Que se lo pregunten a los padres de Ángela, una niña que falleció hace 17 años en la Arrixaca porque dos ginecólogas se retrasaron en la atención a su madre durante el parto, según una sentencia que condena al SMS a indemnizarlos con 700.000 euros casi dos décadas después. ¿Llega tarde? La pareja sabe que no les devuelve a su pequeña, pero creen que es importante que se reconozca que hubo negligencia, para que otros no pasen por su calvario.

Quizá nuestro problema sea que nos fijamos la luna como meta, cuando la solución se encuentra mucho más cerca. Tal vez no todo sea cuestión de tiempo o de tiempos. Por más que avancemos, desde pequeños, nos enseñaron que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. No es en vano que luchemos por nuestra supervivencia, entendida por hacer nuestro paso por este mundo lo más llevadero posible, pero el sufrimiento y el dolor es inherente al ser humano, como lo es la alegría y el placer. Siempre habrá motivos para celebrar y sonreír, pero también nos acompañarán siempre las enfermedades. Por eso, mientras esperamos el utópico milagro de la vida eterna, podemos tirar de la mejor medicina, el sentido común. Si es que aún estamos a tiempo. Porque una cosa son las sentencias y otra bien distinta, nuestros fallos.

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