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Opinión | Nos queda la palabra

De película o no

Ya puestos hubiera preferido Nueva York, pero comprendo que Murcia está, en todo, más cerca de Budapest, máxime tras la victoria progresista en las recientes elecciones municipales de la ciudad americana. Se necesitaría más que un milagro, de hecho, para convertir el Cristo de Monteagudo en la estatua de la Libertad.

Ha habido que, evidentemente, usar el cartón piedra para decorar Trapería y supongo que el Segura como la también comercial Váci Utca y su Danubio, pero el ambiente que respiramos aquí no precisa de maquillaje para asemejarse al que ahoga ahora a los magiares.

Somos totalmente orbanitas, por lo que es lógico que hayamos ganado el 'casting' para que nuestras calles se conviertan, por unos días, en la ciudad centroeuropea. De hecho, según cuenta este mismo diario, nuestro Teatro Romea y Casino ya simularon ser húngaros durante el rodaje de 'El conde Drácula'.

Esta nueva película no es de terror, pero han incluido planos del aeropuerto de Corvera, donde no ha hecho falta suspender vuelos para rodar.

Imagino, no obstante, que la cinta rememora épocas mejores que las que atraviesa el otrora imperio austrohúngaro. Sumida en el crédito a la religión cristiana y el descrédito de cualquier tipo de inmigración y de Bruselas, no necesitarán efectos especiales para encontrarse a este lado de Europa del este con mandatarios bajo el manto de su virgen, ciudadanos que fueron emigrantes despotricando contra los que ahora vienen de fuera y empresarios arremetiendo contra la Unión Europea.

No han podido elegir mejor. Claro que barajaron que nos convirtiéramos en Estambul y hasta ahí podíamos llegar. Nosotros escondiendo nuestro origen árabe, en plenos fastos de los 1.200 años de la creación de Murcia, y los productores de la Warner colocando la bandera de la media luna y llenando de especias nuestro mercado de Verónicas. A más de uno, amigos de su adorado y financiador Orbán, le hubiera dado un patatús. The End.

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