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Opinión | De dioses y de hombres

Limones para un aniversario

Cartel de la exposición ‘El rey de la huerta’.

Cartel de la exposición ‘El rey de la huerta’.

Siempre soy de celebrar la vida, manifestada ésta en cumpleaños, fechas señaladas y demás acontecimientos que jalonan nuestra existencia. Es importante recordar. No dejar que la mala memoria -tan propia del hombre- eche en el cajón del olvido aquello que nos ha marcado; no sólo como individuos, sino también como sociedad. Cuando celebramos algo, de alguna manera, lo volvemos a actualizar, tomamos conciencia del paso del tiempo y de sus protagonistas.

Quien me lee -o me conoce personalmente- sabe de mi fascinación por otras vidas, por ese gran barco que es la Historia en el que todos somos eventuales pasajeros. Analizar y desentrañar las pasiones, las luces y las sombras de otros que nos han precedido, siempre me ha resultado inspirador, sugerente. Pero no se trata únicamente de personas pretéritas. Son muchos los contemporáneos a los que admiro y hacia los que vuelvo la mirada reverentemente. Compañeros de camino que son referentes y fuente de inspiración, por los más diversos motivos.

Era un niño camino de la adolescencia cuando el nombre de Pedro Cano empezó a resultarme familiar. Su intrínseca relación con el pueblo de Blanca, sus numerosos viajes, su vida dividida entre España e Italia, sus pinturas... fueron poblando mi mente inquieta antes de que la persona se hiciera realidad. De Pedro Cano admiro muchas cosas como pintor: su utilización exquisita de la acuarela; las amplísimas gamas cromáticas utilizadas siempre con maestría; su mirada evocadora hacia el mundo clásico que tanta fascinación me despierta, ejemplo de esto son sus trabajos sobre Pompeya o Las Puertas de Roma. Pero también me despierta una gran admiración el hombre que ha llevado su pequeño pueblo siempre como bandera; el artista que ha sabido ser orgulloso embajador de su tierra allende. Creo profundamente que ennoblece a todo ser humano el mirar los orígenes con honestidad y transparencia, con lealtad. Decía más arriba que Pedro Cano fue primero un concepto para ser después el artista de carne y hueso con que poder dialogar: sobre lo humano y lo divino. Lo conocí personalmente en uno de los cursos que el artista impartía en Blanca, entre numerosos alumnos italianos y españoles. A lo largo de toda una semana pude conocer mejor al artista; pero también al hombre. Cano nos enseñó el encantador estudio que posee en la zona alta del pueblo, a los pies del castillo de Blanca. Recorrimos un viejo huerto escalonado, pleno de rosales y limoneros. Conocimos su propia Fundación, su trabajo, su recorrido, su vida condensada en arte; mientras pintábamos el entorno cercano.

A Pedro Cano me une el amor al paisaje tradicional de nuestra huerta -cada vez más amenazada y desaparecida-. El deleite en la perfecta belleza de una granada o en el misterio insondable de unas pocas flores en un vaso con agua. Temas todos ellos en los que la sencillez alcanza cotas cercanas a lo trascendente, como hizo Sánchez Cotán siglos antes. Hace un par de años tuve la suerte de poder estar en la vieja casa familiar que el pintor, junto con sus inseparables hermanos, han conservado junto a la iglesia parroquial del municipio. Casa por cuyo patio transcurre una antiquísima acequia: "El agua que sale del río y a él vuelve a retornar" - le oí decir al cruzar camino de su estudio-. Allí pude observar otra faceta suya que no conocía: su labor de coleccionista, de buscador de objetos en los que la vida y la belleza parecen haberse detenido.

La Fundación Pedro Cano celebra quince años de existencia en este sábado de noviembre. Museo vivo en el que conviven, junto con la obra del artista, otras exposiciones y muestras diversas a lo largo del año. Un espacio para celebrar a uno de nuestros mejores artistas, a nuestro murciano Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2022. Y no se podía celebrar de mejor forma que entre pinturas, siendo el nexo de unión algo que de alguna forma nos une a gran parte de los murcianos: un limón. Ese fruto agrio y característico de nuestra gastronomía y de nuestro paisaje. Ciento treinta y ocho artistas -entre los que me encuentro- volvemos la mirada hacia esa fruta para llenar con nuestra obra la sala de exposiciones temporales de la Fundación Pedro Cano. Es un canto feliz de aniversario, maravillosamente polifónico, hermanado al amparo de un artista que ha sabido buscar y encontrar la belleza en lo que la tierra nos regala, en el prodigio fértil de nuestra tierra milenaria.

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