Opinión | La Feliz Gobernación
Cómo está el patio
La convivencia entre personas allegadas, incluso en algunas familias y, por supuesto, en ciertos círculos de amigos, se hace imposible si el asunto que se comenta toca la política

David Broncano en la segunda temporada de 'La Revuelta' / RTVE
Un amigo, cuyo interés por los acontecimientos de la vida política es tangencial, me preguntaba alarmado hace unos días: ¿Es cierto que las cosas están tan mal? En un almuerzo en que participa mensualmente con personas de una determinada peña de amigos se le ocurrrió comentar distraidamente: «Pues a mí no me gusta La Revuelta». Y fue el acabose. Le llamaron facha, para empezar, y la comida se estropeó, así como la relación cordial que mantenía con alguno de los comensales. «Te prometo que estábamos hablando de la televisión, no de política, pero se me echaron encima como fieras. ¿Tan mal está la cosa?». Ufff, le respondí, si yo te contara.
Desde hace un buen tiempo, la convivencia entre personas allegadas, incluso en algunas familias y, por supuesto, en ciertos círculos de amigos, se hace imposible si el asunto que se comenta toca la política. No es ya que se exhiba una natural discrepancia sino que vuelan los estigmas, los prejuicios, las consignas precocinadas, y en ocasiones no faltan los insultos. Si no te tiran a la cabeza un Perro Sánchez te tiran un Mazón; si no es un Koldo-Ábalos es un Cristóbal Montoro; si no es un Felipe González traidor es un Aznar armas de destrucción; si no es Ayuso fascista es Begoña hija de Sabiniano. Hay que estar preparados para todo, según y en qué lugar, aunque mi opción es pies en polvorosa. Si se te ocurre poner un leve reparo a la política de Sánchez estás invocando a Vox; si osas sugerir que la política de la oposición es monótona y poco propositiva, resuelven que eres un rojo peligroso. No hay opción para el matiz. Las pancartas se han convertido en lenguaje verbal; los tuits de Puente o de Tellado son versículos de distintas biblias.
La democracia, que nació en el foro, es hoy una sentina, un asunto de alto riesgo en las relaciones sociales, no solo en las redes, sino también en las terrazas de los bares, en las mesas de los restaurantes y hasta en los sofás de los hogares. Todo es arrojadizo. En vez de exigir a la clase política que pare ya, que eleve los argumentarios, que trabaje en la solución de los problemas nos hemos contaminado de sus infantilismos y estulticias. Sí, la cosa está muy malita. Y, por cierto, a mí, como programa de televisión, tampoco me gusta La Revuelta.
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