Opinión | El que avisa no es traidor
Una traición continuada

Multitudinaria concentración en Madrid por el pueblo saharaui (2023) / EFE
La tardanza del Estado español y su monarquía en reconocer las atrocidades de la invasión y conquista de las tierras americanas enmarca una traición histórica reciente: el abandono a su suerte del pueblo saharaui. Dejada al capricho de otra monarquía, la alauí, que poco tiene que envidiar —salvo la riqueza— a los regímenes de dictaduras coronadas del Golfo Pérsico, la última colonia española ve definitivamente frustrados sus deseos, no ya de independencia, sino simplemente de elegir por ella misma su futuro.
La aprobación por el Consejo de Seguridad de la ONU del plan de autonomía para la antigua provincia-colonia española del Sahara Occidental que quiere Marruecos es el último aldabonazo de una traición histórica a los saharauis perpetrada por el propio organismo internacional, Estados Unidos y Francia como principales valedores de la monarquía alauí y, por fin, España. Más grave, si cabe, esta última, porque como antigua potencia colonizadora tenía entre sus obligaciones internacionales garantizar la autodeterminación del territorio.
Mina aún más el ya escaso prestigio de la ONU, tras sucesivos fiascos de libro, puesto que, paradójicamente, prorroga otro año el mandato de la Minurso, que significa ‘Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental’, establecido por la resolución 690 del Consejo de Seguridad el 29 de abril de 1991, según unas propuestas aceptadas tres años antes por el déspota Hassan II y el Frente para la Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro (Polisario) .
Coincidentemente con el 50º aniversario de la Marcha Verde con la que Marruecos se apropió de la colonia española, la ONU ha dado el espaldarazo que se pretende definitivo a esa anexión ilegal, permitida por el abandonismo español puesto que el dictador estaba agonizando en su cama y el desconcierto social y militar en Madrid era notorio.
El Sáhara fue la primera gran traición del ahora demérito Juan Carlos, puesto que tras pactar con ‘su primo’ Hassan II y el entonces secretario de Estado gringo, Henry Kissinger, la entrega del Sahara Occidental a Marruecos, el todavía heredero designado del general Franco viajó a El Aaiún el 2 de noviembre de 1975 y discurseó pomposamente: «Deseamos proteger también los legítimos derechos de la población civil saharaui, ya que nuestra misión en el mundo y nuestra historia nos lo exigen. A todos un abrazo y un saludo con el mayor afecto, ya que quiero ser el primer soldado de España».
Nadie se escandalice. Todo esto lo ha detallado como testigo en vivo y en directo el teniente coronel del Aire (r) entonces miembro de la Unión Militar Democrática (UMD) José Ignacio Domínguez, en diversas publicaciones. La de Juan Carlos fue la primera gran traición de muchos estamentos oficiales españoles a los saharauis desde aquel para ellos aciago otoño.
A partir de ahí y hasta este último renuncio histórico perpetrado por el Gobierno del PSOE de Pedro Sánchez, las puñaladas por la espalda planeadas en Madrid a los habitantes de la antigua colonia han venido siendo mantenidas en el tiempo y con distinto cariz. Las inició el ínclito Felipe González como presidente del Gobierno. Pasó de pasearse por los foros internacionales de la mano de uno de los mayores defensores de los derechos de los pueblos del Tercer Mundo, el sueco Olof Palme –de cuya amistad se preciaba–, a iniciar en los años 90 del siglo pasado un acercamiento indisimulado al sátrapa Hassan II y un distanciamiento vergonzoso de los independentistas del Frente Polisario, a los que había jurado defender hasta la muerte en sus tiempos clandestinos como ‘Isidoro’.
La sibilina felonía de ese glorioso presidente español fue apoyada entre bambalinas por su jefe de Estado ahora demérito a lo largo de los años; muy interesados ambos en congraciarse no solo con el monarca absolutista de Rabat, sino también con sus pares de la península arábiga, para obtener ventajas que queda cada vez más claro que trascendían particularmente los intereses del Estado que representaban. Ahora Pedro Sánchez la consuma, como acólito de las políticas de Trump y Macron de las que teóricamente disiente. Y el heredero del demérito continúa la tradición.
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