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Opinión | +MUJERES

‘Lolita’, una interpretación patriarcal de la violación

El dolor de la niña, su rechazo a los reiterados y agotadores embates sexuales de su padrastro, no fueron percibidos por la gran mayoría de los lectores

Una traición continuada

Una traición continuada / L.O.

Este año se cumplen setenta de la publicación de una novela mítica, Lolita, de Vladimir Nabokov. Llevada al cine primero por Stanley Kubrick en 1962, y posteriormente por Adrian Lyne en 1997, el argumento es conocido universalmente tanto a través de la novela como del cine.

Nabokov nos cuenta la historia de una niña huérfana que es secuestrada y violada por Humbert Humbert, un profesor extranjero que se casa con su madre para tratar de seducirla y que, cuando esta muere, la secuestra y la viola mientras recorre durante más de un año el enorme continente americano, para evitar ser descubierto.

Si traemos aquí esta efeméride es para recordarnos a todos el poder de la mirada patriarcal (male gaze) que calificó casi unánimemente la novela como una maravillosa historia de amor. Ni siquiera mujeres como Nina Berberova se sustrajo a esta interpretación, que se replicó en la mayor parte de la crítica. El dolor de la niña, su rechazo a los reiterados y agotadores embates sexuales de su padrastro, no fueron percibidos por la gran mayoría de los lectores, y fue el propio Nabokov quien protestó abiertamente contra esta recepción en el famoso programa de Bernard Pivot, Apostrophes, donde subrayó el hecho de que Lolita era una pobre niña violada y, como también manifestó en la novela, que Humbert Humbert debería ser juzgado por ese secuestro y abuso y no por el asesinato de otro violador, Quilty.

Pero hubo más. El personaje de Lolita generó un mito, las lolitas, niñas hipersexualizadas por la mirada masculina, demonizadas y convertidas en vampiresas; niñas supuestamente seductoras, arrebatadoras, que llevan a la perdición a los inocentes hombres que tienen la desgracia de encontrarse con ellas. La mirada masculina que las inventa es la misma que aún hoy prevalece en algunos jueces cuando, en los casos de abusos y de violación, la culpable parece ser la mujer. Su vestimenta, su gestualidad, su imprudencia, su incitación. El feminismo no cesa de insistir en que, como sucede con el bullying, el acento habría de ponerse en los agresores, en esos hombres que hacen de su deseo una acción criminal, sin importarles el deseo ni el consentimiento del otro.

Sirva también este aniversario para aludir al tema del consentimiento viciado. La ley del agrado en la que nos socializamos las mujeres, ese imperativo de ser buenas y querer ser deseadas y aceptadas por todos, impide en demasiadas ocasiones el reconocimiento del propio deseo, y del propio rechazo, pues desarrollamos un radar finísimo para percibir el de los demás y adaptarnos a él, olvidándonos de nuestros sentimientos. Perdidas en esta posición que nos aliena, las mujeres ceden al deseo de los hombres para ser queridas por ellos, y solo después pueden reconocer que no comparten lo que ellos quieren, que no quieren corresponder a las propuestas que les hacen, o a los avances sexuales que sobre ellas se han emprendido. De ahí la importancia de que el hombre acepte este reconocimiento tardío del rechazo, viciado por ese imperativo del agrado en el que nos socializamos. El consentimiento se ofrece y se retira cuando la mujer así lo considera, aunque la insistencia de los hombres, educados en llevar adelante de la forma que sea un deseo sexual que perciben como imperioso y difícil de controlar, pase por alto sus demandas de parar.

La soledad, la orfandad de Lolita fue también malinterpretada, y su supuesto consentimiento forzado, fruto de su indefensión, se juzgó, no solo como aceptación, sino como incitación y seducción, con objeto de desculpabilizar así a los hombres. El matrimonio infantil que se practica en otras culturas es un síntoma del propósito patriarcal de moldear a la mujer para satisfacer a los varones, como Pigmalión esculpió a Galatea, sin que ella, la niña, ofrezca la menor resistencia.

Los avances del feminismo trajeron de la mano una tardía reinterpretación de la novela de Nabokov que puso las cosas en su sitio. A partir de ahí, las editoriales dejaron de afirmar en la contraportada que se trata de una historia de amor, y cambiaron las ilustraciones de la portada para sustituir las omnipresentes niñas seductoras, a menudo copias de las películas de Kubrick y Lyne, por niñas atravesadas por unas tijeras, maltratadas y convertidas en meros objetos de coleccionista. Nabokov no dejó nunca de abominar contra aquellas primeras ilustraciones, que juzgaba interpretaciones simples y torticeras de su obra, como también se opuso a que las protagonistas de las películas fueran actrices en la adolescencia, lo que podía aminorar la culpa del violador y disminuir el horror para el espectador. En el guion original de la película de Kubrick que él escribió, quería que su protagonista fuese Catherine Demongeot, la niña de siete años que protagonizó la película de Louis Malle, Zazie en el metro (1960), lo que subrayaría el carácter asimétrico y la atracción pedófila de Humbert Humbert. Pero nadie le hizo caso y el mito de las lolitas creció. La hipersexualización de las niñas sigue dándose hoy no solo en la publicidad, sino en fiestas de disfraces, actuaciones escolares y otros ámbitos, sin que se adopten las medidas necesarias para impedirla.

Interpretar la curiosidad infantil, la indefensión y la búsqueda de ternura que una niña puede requerir de un adulto como seducción sigue siendo una práctica de exculpación de los abusadores, que saben identificar la vulnerabilidad y aprovecharse de ella; una práctica que hemos de desenmascarar y denunciar.

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