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Opinión | +MUJERES

Pioneras del cooperativismo

Querían cambiar sus condiciones laborales; recibir un trato honesto y salarios más justos. Soñaban con poder construir un fondo de reserva educativo para que sus hijos e hijas

La Rochdale Equitable Pioneers Society, considerada la primera sociedad cooperativa.

La Rochdale Equitable Pioneers Society, considerada la primera sociedad cooperativa. / L.O.

Cuando en 1844, en plena Revolución Industrial, un grupo de 28 artesanos del algodón decidieron poner en común sus ideas, recursos y trabajo, no podían imaginar que con este gesto pasarían a la historia como los pioneros que impulsaron el movimiento cooperativo. La Rochdale Equitable Pioneers Society es considerada la primera sociedad cooperativa, aunque existe una referencia anterior en 1769, en Fenwick (Escocia), donde un grupo de mujeres hilanderas se unieron para vender y comprar de forma colectiva y garantizar la calidad del producto.

Tenían la idea, extravagante para muchos, de crear una empresa en la que se tomaran las decisiones de forma democrática, de repartir beneficios a partes iguales y de invertir estos en mejorar la empresa. Querían cambiar sus condiciones laborales; recibir un trato honesto y salarios más justos. Soñaban con poder construir un fondo de reserva educativo para que sus hijos e hijas tuvieran mejores oportunidades. En definitiva, tenían la ilusión de cambiar el rumbo del mundo. Con una aportación inicial de una libra esterlina, abrieron una tienda en Rochdale, una pequeña localidad cerca de Manchester, haciendo así realidad el sueño del socialista utópico Robert Owen, considerado el padre del cooperativismo, de Charles Fourier y de Friedrich W. Raiffeisen.

Dos años después de la apertura de la tienda, Eliza Brierley manifestó su deseo de pertenecer a la cooperativa; aportó su libra y su nombre quedó registrado en el libro societario, convirtiéndose en la primera mujer cooperativista, con voz y voto, con los mismos derechos y obligaciones que sus compañeros. Hay fuentes que defienden la participación de una mujer, Ann Tweedale, en la constitución de la nueva sociedad, pero teniendo en cuenta que las mujeres no podían poseer ni títulos ni propiedades, es poco probable que así fuera. A Eliza Brierley le siguieron otras muchas mujeres que vieron como estas empresas las aceptaban en igualdad con los hombres. Y así, en 1883 se creó la Co-operative Women´s Guild que agrupó a las mujeres pertenecientes a diferentes cooperativas. Sus fundadoras, Alice Acland y Mary Lawrenson, además de crear una organización educativa para madres e hijas y de difundir el movimiento cooperativo, organizaron campañas políticas sobre la salud y el derecho al sufragio. Margaret Llewelyn Davies, secretaria general del Gremio desde 1899, dedicó su vida a la lucha por el salario mínimo, por el derecho al voto, por la mejora de las condiciones de vida de las mujeres y de los niños y niñas que trabajaban en las fábricas

Desde sus comienzos el movimiento cooperativo estuvo comprometido con la igualdad de género y la inclusión, fomentando un modelo económico más humano y solidario. La gran aportación de las mujeres al movimiento es innegable, de la misma forma que las cooperativas han supuesto un punto de inflexión en la vida de las asociadas. Los ejemplos del progreso de las mujeres de todo el mundo en las cooperativas son innumerables. Cooperativas de la India, Costa de Marfil o Argentina han logrado que las mujeres obtengan un mayor rendimiento de su trabajo; organicen su propia labor, sean propietarias; en muchas ocasiones, haciendo lo que sus ancestros hacían: producir manteca de karité o recoger café. En España, la evolución del movimiento cooperativo ha dependido del contexto político por lo que ha sido muy desigual. La primera cooperativa se registró en 1840: La Asociación de Tejedores de Barcelona. En 1887 se promulgó la Ley de Asociación y en 1931, la Ley de Cooperativas en España, derogada en el 39 por la dictadura fascista. Las cooperativas fueron intervenidas por considerarlas instrumentos de movimientos revolucionarios y socialistas. Hasta los años 60, este modelo empresarial no empezó a consolidarse, predominando las cooperativas agrícolas. A partir de 1975, recuperan su protagonismo en otros sectores.

Resulta difícil encontrar nombres de pioneras en el cooperativismo en España; las españolas vivían muy al margen de este movimiento debido a su situación social, a la misoginia y, más tarde, al borrado de algunos nombres durante la Dictadura. Una de las grandes defensoras del cooperativismo fue Regina de Lamo, otra intelectual olvidada de la Generación del 98. Fue una divulgadora apasionada de las nuevas ideas y admiradora de las cooperativas británicas por haber admitido desde sus comienzos a las mujeres y, sobre todo, a las cooperativas de mujeres, la Co-operative Women´s Guild por haber derribado las diferencias sociales. Denunció la explotación que sufrían muchas mujeres que trabajaban a domicilio durante muchas horas por sueldos miserables mientras que, en las cooperativas británicas, las asociadas habían impuesto al mercado el valor justo de sus productos (Las mujeres ibéricas ante la cooperación internacional. El Socialista, 1924). Su compromiso con las cooperativas la llevó a colaborar con la creación del sindicato agrario, L’ Unió de Rabassaires, y del Banco de Crédito Obrero. Muchas son ya las mujeres que han dado continuidad al legado de estas pioneras; entre ellas, Roser Buscarons y Mariluz Díaz, fundadoras de Huerto Alegre en 1982, primera Granja Escuela de Andalucía, centrada hoy en la educación medioambiental y cultura. No queremos olvidar a las 17 mujeres que, en 1969, no se resignaron a abandonar el mundo laboral y a depender de sus maridos, y se unieron para crear la cooperativa Auzo Lagun, hoy Ausolan. En la actualidad, de los 1.217 millones de cooperativistas que hay en el mundo, más de la mitad son mujeres (World Cooperative Monitor).

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