Opinión | Cartagena D.F.
La victoria es cosa de todos
El área social de la Federación de Tropas y Legiones ha entendido a la perfección qué significa hacer unas fiestas para todos, unas fiestas inclusivas, que podamos disfrutar todos los cartageneros

Un código NaviLens durante uno de los desfiles de Carthagineses y Romanos. / Ayuntamiento de Cartagena
Escipión es el nombre que ha quedado para la historia tras la conquista de Qart Hadast, después de muchas batallas que debieron ser mucho menos festivas que la que se escenificó ayer en nuestra querida Cuesta del Batel de Cartagena. Anoche pudieron brindar vencedores y vencidos. Así es la fiesta. Hace dos mil años, ni siquiera todos los romanos pudieron celebrarlo, porque muchos se dejaron la vida en el campo de batalla y no pudieron ver cómo se fundaba Carthago Nova. Aún así, su lucha, su entrega y su sangre fueron claves para que los compañeros de las legiones que sobrevivieron y, sobre todo, sus generales pudieran saborear la gloria del triunfo. Fue una victoria de todos, en la que todos tuvieron que dar lo mejor de sí mismos por su imperio.
Afortunadamente, ni la Cuesta del Batel ni el campamento ni el tinglado que se ha montado en el muelle son actualmente escenarios de contiendas bélicas. Esperemos que nunca lo sean. Pero seguro que los festeros son conscientes de que quedan muchas batallas que mantener y muchos pasos que avanzar para alcanzar sus objetivos. Ya podemos celebrar que una de esas luchas la van ganando.
El área social de la Federación de Tropas y Legiones ha entendido a la perfección qué significa hacer unas fiestas para todos, unas fiestas inclusivas, que podamos disfrutar todos los cartageneros. La batería de medidas e iniciativas que ha adoptado es tan relevante que estoy convencido de que pocas localidades de nuestro país las superarán y serán un ejemplo para implantarlas en los múltiples festejos que se desarrollan por todo el territorio nacional. Han ido mucho más allá de reservar unas plazas de aparcamiento, de instalar baños y cambiadores adaptados para personas con discapacidad o de habilitar zonas para personas con movilidad reducida en todos los actos. Han pensado en todos y han colocado por todo el campamento códigos NaviLens, un sistema que ubica, informa y guía a través de una aplicación a las personas con discapacidad visual, para las que también han puesto a disposición información en braille. Además, hubo un speaker en un punto del recorrido del desfile general que contaba cómo pasaban los guerreros, legionarios y amazonas a quienes no podían verlos o no entendían bien lo que ocurría. En los tres desfiles más importantes: la marcha de Aníbal a Roma, el de la victoria romana y el desfile general, además de en el desfile infantil, han habido zonas sin ruido, donde música y tambores han parado, para facilitar el seguimiento a las personas con autismo. De hecho, se ha solicitado al público que en esos tramos aplauda en la lengua de signos, elevando las manos y agitándolas al aire, en lugar de dando palmadas. Incluso se han triplicado los actos que cuentan con un intérprete de lengua de signos, para que puedan seguirlos las personas sordas. Son toda una serie de medidas que incluyen a todos y, aunque seguro que hay mil detalles por pulir y mejorar, para vencer una guerra hay que empezar por imponerse en pequeñas batallas. Y la de la inclusión se va ganando con creces en Carthagineses y Romanos. ¡Gracias y enhorabuena por vuestra sensibilidad!
Sensibilidad que, desgraciadamente, no siempre se abre paso en los colectivos de todo tipo y, especialmente, más de lo que fuera deseable, en algunos ámbitos del deporte, más concretamente en el fútbol. Una inmensa mayoría de los niños que aún no han cumplido la decena de años acuden a escuelas de fútbol municipales. Sueñan con ser futbolistas e imitar a sus ídolos colando golazos por la escuadra o haciendo regates imposibles. Obviamente, la gran mayoría de ellos no llegarán a ser profesionales de este deporte, donde solo unos pocos elegidos alcanzan la primera o segunda división y, aún muchos menos, serán estrellas planetarias. Estos pequeños se vuelven locos en cuanto ven un balón y por jugar con sus amigos donde pillen. A esa edad, las escuelas son, o deberían ser, espacios en los que desarrollar valores como la amistad, el compañerismo, el trabajo en equipo, la solidaridad y la autoestima, además de enseñarles a saber perder y, sobre todo, a ganar sin pisotear ni humillar a los rivales, pero tampoco a los de tu propio equipo a los que, quizá, se les dé peor el juego, e insisto en lo del juego, porque la única victoria en los partidos que se disputan en estas categorías es la de que todos se vayan contentos para volver con ilusión al siguiente partido. El problema es que muchos adultos no lo entienden así y algunos padres creen tener a proyectos de Messis o Cristianos en sus casas y no siempre tienen comportamientos ejemplarizantes. Todavía es peor cuando esas ansias de ganar impregnan a los propios entrenadores, que olvidan que sus pupilos tienen menos de diez años y se centran excesivamente en ganar. Poco les importa si para ello tienen que apartar del equipo a un niño que ha crecido en el grupo desde categorías inferiores. O más lamentable es cuando enferman durante unas semanas y, como no han podido seguir el ritmo de entrenamientos, en lugar de esforzarse por reintegrarlos, les dicen que es mejor que no vuelvan y lo cambian a un grupo donde juegan los menos afortunados en el manejo de la pelota. A freír puñetas si la decisión frustra al niño y le hacen perder la ilusión de jugar con sus amigos.
Vencer o perder no es lo más importante en el deporte ni en las fiestas. Lo mejor es trabajar para que, independientemente del resultado, disfrutemos y ganemos todos. Como sentenció el general Escipión:«La amistad verdadera se basa sobre el carácter y las virtudes de los que son iguales entre sí».
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