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Opinión | De dioses y de hombres

Profesor y artista plástico

Divas y anacoretas

La actriz Greta Garbo fotografiada por Cecil Beaton.

La actriz Greta Garbo fotografiada por Cecil Beaton.

El séptimo arte ha sido generador, casi desde sus orígenes, de diferentes mitos. Escogidos rostros que a través de la gran pantalla han sido convertidos en semblantes familiares; admirados, envidiados y amados, frecuentemente, a partes iguales. Pero, en realidad, la mitificación de actores no es algo exclusivo del universo cinematográfico. En siglos anteriores a la invención de este, tenemos constancia de la admiración desmedida que muchos intérpretes, ‘cómicos’, despertaban en sus contemporáneos. La madrileña Francisca Baltasara de los Reyes, ‘La Baltasara’, gozó en el siglo XVII de gran reconocimiento y aplauso por parte del público. Representó algunas de las obras más señeras de nuestro siglo de oro de la mano de los más grandes dramaturgos: Lope de Vega, Vélez de Guevara, Rojas... Las crónicas nos hablan de como su presencia sobre los escenarios era sinónimo de éxito y abundancia monetaria para su compañía. Se decía que si ella hubiese dejado de trabajar unos días, el teatro donde actuaba tendría que haberse cerrado. Mencionar, también, por su gran relevancia, a la francesa Sarah Bernhardt, primera gran artista internacional. Mujer cuyo nombre despertaba sudores y aplausos de todas las clases sociales allí donde se pronunciaba, ya antes de sus incursiones en el naciente cine. No en vano fue apodada ‘La divina Sara’. Por cierto, con este mismo título se estrena el próximo mes de octubre una película sobre su fascinante vida.

En 1905, en una Europa renovada por el modernismo y el crecimiento de las ciudades, en Suecia nacería la que fue una de las actrices más icónicas de las primeras décadas del siglo XX. Una actriz que se permitió seleccionar sus papeles y fue durante años la mejor pagada de todo Hollywood; una mujer que pasó del cine mudo al sonoro con la misma excelencia y naturalidad que otorgó a casi todas sus interpretaciones. Una artista que todo lo tuvo y nada pareció desear: Greta Garbo. Esta pertenece al imaginario de millones de personas en todo el mundo; su nombre y sus películas han trascendido generaciones. Su fisonomía, enigmática y seductora, y su forma de enfrentar la cámara, llena de sutilezas, hicieron de ella un mito viviente. Una intérprete que llegó a ser obsesión para un numerosísimo grupo de personas, incluso cuando hacía décadas que vivía al margen de cualquier foco mediático. Garbo llegó a recibir quince mil cartas semanales de fans que nunca abría. Sus biógrafos hablan de su poco interés por las joyas y los placeres mundanos aun estando en lo más alto de su carrera. Federico Fellini creía que era la única actriz que había alcanzado el estatus de icono religioso; tenía «la mirada austera de una emperatriz enclaustrada (...) yo la describiría como la fundadora de la orden religiosa llamada cine».

Nadie sospechaba que tras la película La mujer de las dos caras, en 1941, la ‘esfinge sueca’, a los treinta y seis años, daría la espalda a todo el mundo y buscaría con fruición el anonimato y la vida solitaria. No volvió a reaparecer nunca en los escenarios, incluso cuando le fue otorgado un Óscar honorífico en 1955. Rechazaría siempre diferentes y seductoras ofertas en las décadas que le restaban por vivir. Su vida trascurrió entre el coleccionismo de arte, el placer de la lectura y grandes paseos por Manhattan. Sus propios amigos la denominaron ‘la ermitaña social’.

Salvando tiempo y distancias, algo similar vivió la actriz que arriba he mencionado. La Baltasara dejó sin demasiadas explicaciones su vida de intérprete de éxito y se retiró a una cueva en nuestra tierra levantina. Según algunas fuentes, en las cercanías del santuario de La Fuensanta; otros la sitúan en tierras de Cartagena. Sea como fuere, la célebre cómica abandonó el mundo de la farándula para llevar una vida de recogimiento y oración cuando se encontraba en lo más alto de su carrera. Descartó, reiteradamente, las peticiones de las personas que vinieron a buscarla y nunca volvió a su anterior camino. Su propia historia fue convertida en barroca obra de teatro en 1652, actualizada y devuelta a los escenarios contemporáneos de la mano de Inma Chacón, en 2021.

No fueron las únicas. La historia se volvió a repetir con conocidos nombres: Dolores Hart, Doris Day o la española Pepa Flores (Mari Sol), entre otras. Será acaso que existe una vida ansiada que no pueden cubrir el mundano éxito, el dinero y la fama. Será acaso que lo que cada uno lleva por dentro es siempre un mar insondable, vertiginoso. Un mirar de las estrellas hacia lo cotidiano, en la radiante libertad de ser uno mismo en soledad.

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