Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Arte

1.200 árboles

El artista alemán Joseph Beuys plantó en los años ochenta ‘7.000 robles en Kassel, y ofreció el proyecto para que se replicara en otras ciudades

Caricatura alusiva a la falta de árboles en la ciudad de Murcia.

Caricatura alusiva a la falta de árboles en la ciudad de Murcia. / L. O.

Por circunstancias personales este año he pasado tooodo el verano en Murcia, y lo digo así porque ha sido una especie de tortura china que parecía no tener fin. Cada día que pasaba el calor era más insoportable. Y así, sufriendo con resignación esos 45 grados del verano, pensaba lo bonito, idílico y maravilloso que hubiera sido poder tener una sombra bajo la que refugiarme, uno de esos grandes árboles de frondosas ramas cuyas hojas no sólo limpian y refrescan el ambiente sino que también dan un poco alivio a la mente y, por qué no decirlo, hasta algo de felicidad.

Entre una ola de calor que se iba y otra que llegaba, el tema de los árboles era cada vez más recurrente en mis pensamientos. No podía dejar de darle vueltas a la idea de lo fácil que es a veces poner solución a ciertas situaciones y lo difícil que nos hacen creer que es. Y así entre una cosa y otra, recordaba por ejemplo cómo en muchos momentos de nuestra historia el arte, combinado con la naturaleza, este ha tenido la capacidad de azotar conciencias con acciones que al final han sido más que una solución. Claro está, si no existe la intención de querer hacer algo, es imposible recorrer ese camino.

En ese cruce entre arte, ecología y acción social, la plantación de árboles se ha convertido en una práctica cargada de significados simbólicos, estéticos y hasta políticos, aunque en nuestra tierra todavía no se han percatado de esto, de lo contrario estaríamos rodeados de árboles a cada paso.

Hay muchos artistas, yo los llamo ‘activistas del arte’, que han dedicado y dedican su trabajo a poner el foco en el medio ambiente, el cambio climático, la agresión a la naturaleza y las consecuencias de no proteger el entorno que nos rodea. Una de las pioneras del llamado arte medioambiental fue Agnes Denes, con aquella simbólica plantación de trigo en unos terrenos abandonados de Nueva York. Desde aquellos años sesenta, su trabajo ha sido un grito que se ha escuchado en todo el mundo con acciones como la llevada a cabo en Finlandia: once mil personas plantaron once mil pinos en una zona deforestada que antes había sido una mina.

Uno de los ejemplos más emblemáticos de este tipo de acciones fue el proyecto 7.000 robles, del artista alemán Joseph Beuys, realizado en el marco de la Documenta 7 de Kassel en 1982. En un momento de crisis ambiental y de debates sobre el papel del arte en la sociedad, el artista planteó la necesidad de superar la noción de la obra de arte como un objeto para el museo, apostando por lo que él denominó «escultura social»: toda acción humana con intención creativa puede modelar la sociedad como si fuese una gran obra en permanente transformación. Su acción creativa consistió en plantar siete mil árboles en la ciudad de Kassel, cada uno acompañado por una estela de basalto, un gesto que proponía la idea del arte como una fuerza transformadora, no sólo en el plano cultural sino también en el social y en el ambiental.

La intervención no fue inmediata, el proceso tardó cinco años e implicaba la ayuda de los ciudadanos que, no sólo debían participar en la plantación de los árboles, sino, además, en su posterior cuidado.

Esta acción colectiva era por un lado un gesto de reparación ecológica, una respuesta a la degradación ambiental y a la necesidad de repensar el vínculo entre ciudad y naturaleza. Todos esos árboles consiguieron modificar el paisaje urbano de manera permanente y superar el paso del tiempo: hoy continúan siendo una parte fundamental de la ciudad. Además, el bloque de basalto actúa como recordatorio perpetuo de aquel acto colectivo para que nadie olvide el motivo de aquella acción.

Beuys concibió este proyecto como un modelo replicable en cualquier parte del mundo, y tras su muerte en 1986, numerosas iniciativas inspiradas en 7.000 robles se desarrollaron en diferentes ciudades. En este punto seguro que ya habréis pensado lo mismo que yo…

¿No sería maravilloso hacer una acción así en nuestra ciudad, en lugar de gastar el dinero en estupideces que no tienen ningún recorrido ni permanencia? Pensar que el color verde en todas sus tonalidades pueda inundar nuestras calles, que la sensación de pasear sea una experiencia agradable, que ese intenso aroma de sus ramas desplace al de la contaminación… Imaginar la posibilidad de ver la escena de grupos de personas de diversas edades y generaciones plantando árboles en un acto de reivindicación colectiva de la naturaleza resulta ya de por sí excepcional.

Este año que asistimos a la celebración del 1.200 aniversario de la ciudad de Murcia vemos todo tipo de actos conmemorativos, muchos de ellos no tienen el más mínimo interés ni relación con la cuestión a celebrar. El simple hecho de colocar un ‘1200’ delante ya justifica cualquier evento, encuentro, concierto o lo que sea que se quieran inventar…, incluso vamos a tener un perfume 1200 y hasta una colección de ropa que seguro mejorará mucho la vida de todos los murcianos.

Señor alcalde, ¡hagamos una acción de verdad! ¡Plantemos ‘1.200 árboles’ en la ciudad!

Al igual que Joseph Beuys soñó que ese cambio era posible, hubo una vez que alguien en nuestra Región también pensó que merecía la pena luchar contra la degradación del paisaje y la deforestación a finales del siglo XIX: Ricardo Codorníu. Un visionario que durante doce años se encargó de repoblar cerca de cinco mil hectáreas en Sierra Espuña, un verdadero pulmón para nuestra Región. Fue pionero en sus métodos e ideas, ya que no solo se preocupó por la plantación, sino también por generar infraestructuras para su futuro mantenimiento; sus estudios fueron, y siguen siendo, todo un ejemplo inspirador para otros ingenieros e investigadores. Incluso fue cofundador de la Sociedad de Amigos del Árbol y promotor de la celebración del Día del Árbol, así que no es raro que se le apodara como ‘el Apóstol del árbol’.

Por desgracia hoy su nombre permanece como un leve recuerdo bajo una palmera en la plaza de Santo Domingo, un apóstol del cemento cualquiera ha dejado que su legado y herencia se olviden, obligándonos a vivir rodeados de bloques grises, tristes, que cada año van abriéndose paso en las calles de nuestra ciudad.

¡Murcia qué hermosa eras!

Tracking Pixel Contents