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Opinión | Mamá está que se sale

¡Pon tu mano!

La fe mueve montañas y los milagros también

No había asomado la primera luz del día, y dos sombras se movían junto a una de las ventanas de la casa del ferroviario. Dos hombres acoplaban un artefacto explosivo, y en cuanto encendieron la mecha salieron corriendo. De buen seguro se llevaría un buen susto ese maquinista indiferente a las protestas de los compañeros. A ver si después de aquello seguía sin querer secundar la revuelta.

Dentro de la casa, mientras en una alcoba dormían el ferroviario y su mujer, en la otra estaban los cuatro hijos con la abuela Feliciana, devota desde tiempos inmemoriales de la Virgen de la Fuensanta. Tenían esa costumbre de acostar a los hijos juntos, todos en la misma alcoba. Una forma de ahorrar espacio y sobre todo de darse calor, en aquellas noches húmedas de huerta.

Algo parecido al sonido de un petardo despertó a la abuela Feliciana. Y cuando fue a asomarse a la ventana a ver qué pasaba, un estruendo la lanzó hacia atrás, tirándola al suelo. Después otro bombazo y una lluvia de cascotes, piedras y polvo cayó sobre ellos. «¡Los zagales!». Como pudo se abalanzó sobre los nietos, tratando de proteger los cuerpecitos, entre gritos y llantos de los niños. Como quiera que no llegaba a cubrir a los cuatro, y seguían cayendo cosas sobre ellos, la abuela sólo gritaba: «Virgen de la Fuensanta, ¡pon tu mano!».

El ferroviario y la mujer, como pudieron, fueron desenterrando literalmente a la abuela y a los hijos, tirando de un pie para sacar a uno, o de un camisón para rescatar a la otra. Y la sorpresa fue mayúscula al ver que ninguno había sufrido ni tan siquiera un arañazo.

Todavía con el susto metido en el cuerpo, la abuela deambulaba entre los escombros de lo que había sido la alcoba, diciendo como un mantra y mientras se envolvía en su bata: «Virgen de la Fuensanta, pon tu mano». Había sido un milagro no tener que lamentar ninguna víctima inocente.

A lo lejos, los dos esbirros observaban su obra. Esperaban regocijarse, pero no había salido la cosa como esperaban: la explosión le había dado un buen susto al ferroviario, y había tirado parte de la pared de la alcoba, sí. Pero de la alcoba equivocada, dejando al descubierto un panorama de piedras con cortinas rajadas y somieres retorcidos, envuelto todo en una nube de polvo, que podía haber matado a cualquiera. Se miraron entre sí horrorizados y se fueron de allí. Por poco el pretendido susto no terminó en desgracia.

La historia del artefacto, y del milagro de la Fuensanta, que con su mano cubrió a los hijos del ferroviario, corrieron como la pólvora entre los vecinos y entre todo el gremio del ferrocarril. La abuela Feliciana no tenía la menor duda de la intercesión de la Virgen y aquello redobló su devoción, ya grande de por sí. Te puedes imaginar cómo recibió la noticia de que dos de sus nietos, ¡dos!, se ordenaban sacerdotes.

Al cabo de los años, Damián, el menor de ellos, ofició la boda de su prima segunda Isabelica con el capitán, entonando en la ceremonia, para los nuevos esposos, la plegaria que ya se había convertido en un rezo familiar: «Virgen de la Fuensanta, ¡pon tu mano!».

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