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Opinión | La Feliz Gobernación

Franco y Lenin en los mercadillos

Nuestro delegado del Gobierno, Francisco Lucas, ha emprendido una campaña contra los quioscos de feria que en Murcia o Cartagena venden símbolos franquistas

Puesto de una feria de la Región con simbología franquista.

Puesto de una feria de la Región con simbología franquista. / Delegación

Hace unos años, un barco ruso atracado en el puerto de Cabo de Palos vendía souvenires soviéticos a porrillo. Broches de la hoz y el martillo en distinta calidad de materiales, medallas al mérito militar, pines de insignias del Partido Comunista, efigies de Lenin y Stalin y un montón más de desechos de aquel régimen clausurado. No hacía falta ser experto en antigüedades para constatar que no se trataba de reproducciones sino de piezas genuinas de los tiempos en que estos símbolos lo eran de un poder absoluto basado en una ideología que queriendo ser redentora derivó en criminal. No obstante su naturaleza, ejercían un atractivo hipnótico, y resultaba imposible pasar ante el tenderete sin recrearse en toda aquella ferralla, e incluso sin hacerse con alguna de aquellas joyas oxidadas. Compré varias reliquias a precio de chuches para palpar el derrame de la Historia.

El libro La casa eterna, de Yuri Slezkine (Acantilado), un fabuloso relato del experimento soviético, comienza precisamente con una referencia al mercado que en la misma Rusia constituye hoy la compra y venta de estos productos de trastero que antaño definían una unidad de destino en lo universal, por utilizar una expresión característica de nuestra propia dictadura cañí. De hecho, si uno está atento, es posible encontrarlos en algunos puestos del mercadillo dominial del Malecón, en Murcia. La gente los compra, no por nostalgia o identificación, sino por amor al fetiche.

Nuestro delegado del Gobierno, Francisco Lucas, ha emprendido una campaña contra los quioscos de feria que en Murcia o Cartagena venden símbolos franquistas, apoyado en la Ley de Memoria Histórica. Cabe suponer que quien compra una bufanda con la estampación del rostro de Franco no lo hace para disponer de un objeto friki sino por satisfacer una pulsión identificativa, pero apenas hay diferencia estética entre la hoz y el martillo y el yugo y las flechas. ¿Qué conduce a prohibir en ferias los símbolos franquistas y a permitir la venta en grandes almacenes de camisetas del Ché? Un equívoco histórico sobre dictaduras buenas y malas, quizá.

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