Opinión | Cartagena D.F.
La fiesta en paz

Gran Batalla de Carthagineses y Romanos. / Loyla Pérez de Villegas
Las fiestas populares de cualquier pueblo o ciudad son motivo de alegría, de jolgorio y diversión. La mayor parte de ellas contribuyen a cubrir un relevante aspecto cultural, basado en la recuperación de una historia de la que solemos sentirnos orgullosos y que viene, en gran medida, a reforzar el sentimiento de identidad de los que habitan en la localidad. Además, de no ser por los eventos festivos que rememoran nuestro pasado, es posible que cayeran en el ostracismo y el olvido. Cartagena se transforma desde ayer y hasta el domingo de la próxima semana en escenario para recordar cómo la disputa entre mastienos y carthagineses primero, y carthagineses y romanos después, dio lugar a la fundación de Qart Hadast por parte de los púnicos y de Carthago Nova, poco más tarde, tras la victoria de las legiones del imperio que estableció las bases de la cultura que, aún a día de hoy, predomina en nuestra urbe, nuestro país y en la mayor parte de Europa. Somos herederos de los modos, las costumbres y la forma de hacer de los romanos, que nos dejaron su lengua y múltiples conocimientos a lo largo de cientos de años, aunque resulta evidente que las sociedades europeas han ido evolucionando y progresando hasta plantarnos en el siglo XXI y en los albores de un nuevo milenio, marcado por multitud de avances en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad.
Surgen casi inevitablemente dos preguntas: ¿ha sido una evolución a mejor?, ¿hemos aprendido las lecciones de la historia? Sí, pero no. Quizá esta ambigüedad en la que vivimos sea una respuesta adecuada. Lo real es que existen infinidad de interpretaciones y teorías sobre nuestro devenir y nuestro pasado que podrían resumirse en tres posturas: la de quienes se aferran a que cualquier tiempo pasado fue mejor; la de quienes se enroscan en que los acontecimientos son cíclicos y se repiten por más que nos empeñemos en evitarlo; y, por último, la de aquellos que creen que mirar atrás solo conduce a continuas decepciones y que la sociedad actual, con sus múltiples defectos, mejora sin lugar a dudas el bienestar de las generaciones precedentes. La defensa de un argumento u otro es inherente a su lugar de origen y residencia. Resulta muy cómodo y sencillo opinar sobre cualquier cosa sentado en cualquier terraza, ante un café con tostada o una caña con tapa, sin más riesgo que el de una disputa verbal a un tono más o menos elevado ni más consecuencias que la de un posible enfado o una reprimenda. Sobre todo, cuando la realidad es que poco podemos hacer más allá de pronunciarnos en las urnas cada cuatro años o manifestarnos y reivindicar, siempre de forma ordenada, respetuosa y, desde luego, sin el uso de la violencia en sociedades, presuntamente, civilizadas. Puede parecer poca cosa, pero eso es lo que sí que hemos conquistado, mejor dicho, lo que han conquistado nuestros antepasados. ¿Cómo?
Esclavitud, feudalismo, inquisición, guillotinas, fusilamientos, ejecuciones, discriminación, torturas, maltratos... Salvo honrosas excepciones, los poderosos se han resistido siempre a soltar sus báculos. Se han aferrado a ellos a costa de sus coetáneos y se han derramado infinidad de toneladas de sangre, sudor y lágrimas, además de unos cuantos ríos de tinta para poder arrebatárselos. Nuestra civilización, nuestra cultura y nuestro futuro solo se salvan cuando los defendemos, cuando nuestra convicción y nuestros ideales se basan en hacer del mundo un lugar mejor para todos, pero para que otros gocen de los buenos objetivos que hemos alcanzado, debemos empezar por la raíz, por nosotros mismos, por nuestras casas, nuestro entorno más cercano, nuestro pueblo y nuestra ciudad. Si queremos aproximarnos a un utópico mundo ideal, tenemos que cimentarlo con nuestro ejemplo. Y aunque por aquí no vemos drones o misiles, de momento, sí nos lanzamos dardos verbales cargados de un veneno dialéctico que nos enemista a marchas forzadas, con aquellos a quienes les hemos confiado nuestra gobernanza y, por tanto, nuestro sino, como abanderados de posturas divergentes.
En Cartagena, ni somos los únicos ni originales en la iniciativa de celebrar unas fiestas cuyo origen es una guerra: Carthagineses y Romanos, Moros y Cristianos... Batallas, invasiones, rendiciones, reconquistas o victorias copan los programas de las celebraciones populares por todo el mundo, donde es habitual que los festeros se organicen en dos bandos enfrentados por la historia. Por más que estas efemérides queden cientos o miles de años atrás, no dejan de conmemorar desfiles de vencedores y vencidos. Claro que ha sido necesario defendernos de monstruos como Hitler, que hay guerras justificadas y necesarias, pero no deja de ser lamentable que seamos incapaces de perpetuar la paz apenas unas décadas o ni eso.
Me tomarán por tremendista, agorero y demagogo. Además, sería ridículo aniquilar de un plumazo tradiciones de siempre. Lo que tal vez sea interesante es que empecemos a fijarnos menos en nuestras luchas y más en lo que nos une que en lo que nos separa, para que nuestros descendientes de dentro de dos mil años tengan argumentos y acontecimientos de sobra donde elegir para celebrar la paz.
¿O nos desquiciamos y nos extinguimos?
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