Opinión | Dulce jueves
El río se desborda

Charlie Kirk
«A veces el río murmura, a veces desvaría», dice un verso de Mary Oliver. La semana pasada el río desvarió. El asesinato sin sentido de la chica rubia en un tren —apuñalada por la espalda, sin poder siquiera comprender qué le pasaba antes de derrumbarse en el suelo del vagón— y el atentado contra el activista Charlie Kirk —abatido de un disparo en el cuello mientras hablaba ante miles de jóvenes en un campus de Utah— muestran dos formas del horror. El primero: el crimen fulminante, absurdo, que se consuma en segundos y deja tras de sí un vacío incomprensible. El segundo: la estupidez de quienes destruyen la vida coqueteando con el horror, atrayéndolo, invocándolo, convirtiéndolo en espectáculo o bandera ideológica.
Ambos horrores se alimentan de lo mismo: violencia y odio. ¿Quién esperaba a esa chica en la siguiente parada? ¿Qué iba a responder Kirk a la siguiente pregunta? Nunca lo sabremos. El crimen cortó esas vidas de golpe. Pero lo que sí sabemos es que si caminamos hacia un mundo cada vez más estúpido, el horror cada vez será mayor. Porque lo único que es capaz de hacer la estupidez es inventar nuevas formas de horror. Cada vez más variadas, cada vez más sofisticadas. En el futuro nos asombrará el nivel de estupidez, nos horrorizará lo inédito del horror. Nos sorprenderá la creatividad de la estupidez, nos horrorizará la novedad de sus horrores.
Ese horror individual, sin embargo, no se entiende sin el marco colectivo de donde surge. Como advierte la politóloga Anna López, el asesinato de Kirk es el síntoma de una polarización que ya no es solo retórica: se traduce en violencia física. Lo más grave es que son las élites —políticos, medios, líderes de opinión—, más que la gente, quienes están radicalizadas. La mayoría de los ciudadanos se espantan ante la violencia, pero sus dirigentes la normalizan con discursos de odio, con la explotación sistemática del conflicto y con la renuncia a buscar espacios de diálogo. Cada tragedia se convierte en munición: al minuto de silencio por Kirk siguieron los gritos, las acusaciones, los insultos, las mentiras.
Qué rápido se apresuraron los afortunados a encajar el crimen en los moldes de sus odios. Qué prisa en sofocar la perplejidad dentro de las cárceles de su pensamiento. Con qué docilidad obedecen a sus más oscuras pulsiones, sus miedos, sus ambiciones. Todo menos abrir un libro. Todo antes que escuchar. Como dice la escritora Anna Starobinets, «aunque se revista de sentimientos nobles, cuando vuelcas una lealtad ciega en una idea concreta pierdes tu humanidad, te vuelves un psicópata capaz de hacer las cosas más terribles por esa idea». Esa obediencia es la forma más peligrosa de estupidez: la renuncia deliberada al pensamiento, la entrega ciega a ideologías que solo sirven para colocarnos espalda contra espalda, incapaces de reconocer el mínimo valor a quien piensa distinto. Así es como la soberbia de creerse en posesión de la verdad absoluta engendra intolerancia; la intolerancia, odio; y el odio, finalmente, violencia. «Los afortunados son tan felizmente obedientes», añade Mary Oliver, «mientras yo estoy aquí sentada en mi casa llena de libros, ideas, dudas, vacilaciones». El río ya se ha desbordado.
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