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Opinión | El que avisa no es traidor

El papa se la hace a España

Mientras Pedro Sánchez se decide o no a aprobar en Consejo de Ministros el decreto de embargo de armas a Israel y se mantiene la polarización exagerada, el Vaticano da pruebas de que es cierto lo de «el que no corre vuela»: en plena polémica por la suspensión del final de La Vuelta y el genocidio en Gaza, León XIV se ha descolgado oficializando el nombramiento del nuevo nuncio en España, Piero Pioppo, que llevaba varios meses a la espera de ratificación.

Consta que en medios «católicos progresistas» (las dos palabras juntas merecen muchísimas comillas) se registra notable desconfianza hacia el nuevo representante diplomático del Vaticano en la católica España. El hombre tiene pasado de talante tan conservador que levantar apriorísticas ampollas; a no ser exhiba una prudencia exquisita, cosa que hoy no es precisamente característica de la vida pública al sur de Pirineos.

Si no fuera porque los obispos tienen históricamente una irrefrenable querencia por intervenir directa o indirectamente en la vida social, el nombramiento de uno u otro representante diplomático de un estado soberano, como El Vaticano, no tendría nada de particular. Nadie puso pegas, por ejemplo, a que el presidente Trump nombrara a alguien de su cuerda para Madrid, como antes hizo Joe Biden, Barack Obama o hace cualquier jefe de Gobierno: sería ilógico que Macron nombrara a Jean Luc Melenchon embajador en Madrid o Starmer a Nigel Farage.

Porque, claro es, los usos diplomáticos imponen la no injerencia de unos países en los asuntos internos de otros a través de sus legaciones. Sin embargo, España está tan acostumbrada a que el Papa de Roma haga valer su opinión por medio de los miembros de la Conferencia Episcopal en temas como el divorcio (hace años), el aborto, la legislación LGTBIQ+, la eutanasia, la pederastia ensotanada..., en definitiva, la moral y las, para ellos, buenas costumbres, está España tan habituada, digo, a que los ciudadanos obispos intenten imponer su criterio y dar lecciones de supuesta moral a los ciudadanos, creyentes o no, de cómo deben comportarse en público y en privado que el nombramiento de Pioppo no augura tranquilidad en las espinosas relaciones Iglesia-Estado.

El ‘joven’, en términos vaticanos, nuevo nuncio hasta que San Pedro disponga lo contrario, atesora un historial conservador que, francamente, da miedo, pues fue brazo derecho, es decir, ejecutor, del temido cardenal Angelo Sodano quien, a su vez, en tanto que Secretario de Estado vaticano, fue el látigo y cilicio actuante del ultraconservador Juan Pablo II, esforzado e insigne defensor del neoliberalismo thatcheriano-reaganista en sus primeros años de pontificado y, luego, azote moral, o eso pretendía, de librepensadores, liberales clásicos, laicistas e izquierdistas en general.

El ‘primer ministro’ vaticano Sodano llegó a colocar al ahora nuevo nuncio al frente de Instituto para las Obras de Religión (IOR), es decir, «ministro» de Economía de San Pedro. Ese banco vaticano, el IOR, cosechó numerosos escándalos financieros y sexuales en la era del papa Wojtyla, azote de ‘herejes’ tan bienintencionados como el cura nicaragüense Ernesto Cardenal. Con estas credenciales, ha obtenido el ciudadano Pioppo el plácet del Gobierno de Sánchez para ser nuevo embajador del Estado Vaticano en España, tras varios meses en el alero, después del espejismo llamado Francisco. El señor nos pille confesados.

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