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Opinión | +Mujeres

Combatir la desinformación y el fanatismo

Dos jóvenes consultan su móvil

Dos jóvenes consultan su móvil / L.O.

Cada día observamos con desesperanza el abismo que se abre entre la información contrastada, de fuentes fiables, y los bulos que se difunden en las redes sociales, sobre todo de parte de la ultraderecha, que no teme a la mentira. La dificultad política para reducir esos bulos, por más estrafalarios que sean, como la excentricidad de Trump al afirmar que los migrantes de Ohio se comen a sus mascotas, es patente. Dato ya no mata relato. A este abismo entre el conocimiento científico y la impotencia política para llevar a la práctica sus hallazgos le llama Isabelle Stengers pánico frío. Un pánico frío recorre nuestra espina dorsal cuando leemos los comentarios de los lectores de las noticias que este mes nos han sobrecogido: la violación de una niña de catorce años por un joven inmigrante de diecisiete acogido en un centro de Hortaleza, y el ataque posterior a unos menores de ese mismo centro de acogida que efectuó un grupo de jóvenes encapuchados, que acabó con la hospitalización de dos de ellos. Ninguno de ellos era el agresor.

Para los ciudadanos de ultraderecha, la venganza está justificada, «solo el pueblo salva al pueblo», repiten incansablemente como si ese tenebroso mantra fuese cierto. La incitación al odio que Abascal no cesa de fomentar tiene sus frutos y el descenso de la razón y de la humanidad es progresivo y acelerado. Los votantes de ultraderecha han perdido la cabeza y el corazón, cosa incomprensible en un electorado que se declara católico y que ha olvidado las mejores enseñanzas del cristianismo: amaos los unos a los otros. Sobrecoge leer sus comentarios, sus insultos, sus ataques personales y sin argumentos y, también, sus faltas de ortografía. ¿De dónde surge ese odio? Una mujer de ultraderecha escribe sobre Open Arms en un muro de Facebook: Una mafia muy rentable. Otro afirma que los periodistas asesinados por el ejército israelí en Gaza son terroristas de Hamás, cuando la comunidad internacional entera ha hecho un homenaje a los informadores asesinados; ¿todas estas fuentes se equivocan?, ¿cuáles son las fuentes de esas afirmaciones? Lo mismo sucede con el cambio climático, unánime y empíricamente demostrado, pues incluso, este verano, con los incendios de última generación, con la pasada dana, con las danas y los incendios que amenazan nuestro futuro, la experiencia física de la catástrofe medioambiental que ya está en curso la hemos sufrido lamentablemente todos.

Y aun así parece inútil el debate, pues las opiniones de la ultraderecha no son racionales sino emocionales, movidas por un resentimiento profundo, el de las clases más desfavorecidas que no ven su futuro asegurado pero que yerran el tiro y en lugar de exigir impuestos a los más ricos, se revuelven contra quienes defienden sus derechos e instauran políticas que aumentan el salario mínimo, las pensiones, las prestaciones sociales y sanitarias, el empleo. ¿Cómo es posible que haya ganado un discurso que niega la evidencia y se nutre de bulos, desinformación y frases hechas? Las respuestas teóricas son muchas, pero no alcanzan a cambiar la realidad y los partidos progresistas deberían hacerse esa pregunta una y otra vez para identificar las razones y tratar de solventarlas juntos en lugar de andar por separado haciendo más fácil el camino a los fanáticos.

Queremos hacer un llamamiento a la unidad. Hasta las últimas elecciones, las mujeres eran el muro que impedía el ascenso de la ultraderecha en Europa. Unos partidos cuyos votantes crecen entre las profesiones peor pagadas, entre los empleados más precarios, pero esta contención está amenazada y, en Francia, Italia y España crece el número de mujeres que simpatizan con unas políticas abiertamente machistas, racistas y sionistas, negadoras de la violencia de género, capaces de borrar los muros que homenajeaban a las mujeres heroicas que nos han precedido y alentado, capaces de desear el hundimiento de un barco como el Open Arms que, como defiende Oscar Camps, salvaría a quienes así los amenazan en caso de verlos en peligro.

La desinformación y el fanatismo se combaten con lecturas, información y conocimiento; el mundo es complejo y cada vez resulta más difícil interpretarlo, pero solo apostando por esa tríada podemos guiarnos en medio de tanta incertidumbre. Luego llega María Pombo y dice que leer no nos hace mejores, que superemos el viejo prestigio de la lectura. Ella se queda tan pancha con sus millones de seguidores, y nosotras nos quedamos perplejas, mudas, ojipláticas, invadidas por ese pánico frío que, parece, no va a abandonarnos.

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