Opinión | El retrovisor
De lluvias y membrillas
La locura del mundo sigue siendo la misma y el paso de los años no impide el volver a sentir, si alguna vez llueve, la intimidad de la casa, envuelta aún por los últimos cantos de cigarras

Día de lluvia en Belluga, 1958. / Archivo TLM
Tiene la lluvia ciertas reminiscencias de queso El Caserío, de entrañable queso en porciones. Nostalgias de colegial con aromas de balón de reglamento y de pino del monte.
Las lluvias en septiembre y octubre pueden llegar a ser fatales, lo saben los huertanos. Me gusta la lluvia, puede que sea por su ausencia acostumbrada.
La lluvia sigue empapando el forro del libro recién estrenado. Aquel Libro de España, en el que practicábamos la lectura en la recordada Sucursal de los Hermanos Maristas, hace mucho tiempo.
Es ahora, a mediados de septiembre, con la feria en todo lo suyo y no el uno de enero cuando empieza el año de verdad. Es, tras la Romería, cuando nos recogemos de nuevo en el interior de los hogares, el verdadero regreso desde la libertad del verano. Cuando los muebles, las cortinas y las alfombras recobran la vitola oficial y se enciende de nuevo la lámpara del comedor a la hora de la cena. Traerá el otoño cercano los momentos entrañables de siempre, eternos en la memoria. Vuelven los recuerdos de mi madre, temerosa del nubarrón que dejó aguaceros, truenos y relámpagos. Temores domésticos, de cirio que imploraba al santísimo con la luz temblorosa que iluminaba el pasillo; la antena de la televisión desconectada, las ventanas cerradas a cal y canto para evitar peligrosas corrientes. Lo genuino, lo hogareño y la premonición de unos fríos que se ansían. Fríos que como cada año acudirán puntuales a su cita, tras las ventoleras, allá por la festividad de los difuntos…
La locura del mundo sigue siendo la misma y el paso de los años no impide el volver a sentir, si alguna vez llueve, la intimidad de la casa, envuelta aún por los últimos cantos de cigarras. Fueron aquellos aromas de panochas asadas con mimo, de boniatos al horno; el tufillo dulce de la taza de chocolate. El pedir permiso para salir a coger caracoles tras la lluvia caída en aquellas tardes septembrinas al abrigo del monte alberqueño; tibieza de hogar, ese lugar que nos aísla del mundo y dónde nunca existió el miedo. Melancolía de otros días.
Las primeras hojas amarillas temblarán en las ramas de los árboles en un nuevo otoño, caerán abarquilladas y muertas, para ser arrastradas por las primeras ventiscas.
¡Qué simpleza! escribir de meses, de las estaciones por llegar, de panochas, de caracoles, cuando los chinos desfilan como autómatas ante los ojos complacidos de los chulescos líderes del mundo rojo. Quién se atreve a escribir de la feria, de la Romería, de los toros, de las membrillas, del perfume de la tierra mojada por la lluvia o de los jínjoles, cuando las bombas caen sobre Kiev y Gaza y Jorge Javier Vázquez presume, como un adefesio, de su nueva cara en la televisión. Septiembre, como ayer octubre, siguen siendo unos meses de batallas, con estampas en blanco y negro que ilustraban los viejos libros de impecable forro azul; historias de guerras y miserias.
En el colegio, cuando llovía, me gustaba mirar a las ventanas, descubrir el mensaje del agua sobre el cristal: monstruos, letras, barcos, el rostro de algún fraile; bichos, damiselas en peligro, héroes… Supongo que aquello debía de ser Babia, cuando la mente aún volaba a unos días de verano que nos negamos a olvidar. A quién le puede importar que ya me tape con la sábana para mitigar el fresco que entra por los pies en unas noches cada vez más largas. Ni los drones, ni los rusos, ni los chinos, ni los yanquis, ni todas las desgracias de este mundo, evitarán que cante las excelencias del dulce de membrillo, ni que recuerde los tiempos felices de la membrilla prestando su aroma a la ropa, la que reposaba en el cajón de la vieja cómoda. Ni que deje de recordar los días en que, luciendo flequillo, pegaba la nariz al cristal de la ventana para ver caer la lluvia sobre la tierra reseca. Para sentir la breve nostalgia de las jornadas al aire libre apedreando perros, allá en el monte, cuando todo estaba por llegar y llovía.
Suenan tambores de guerra en el mundo cuando los árboles, tímidamente, van perdiendo su verdor, como maravillosos heraldos de un otoño que ya llega.
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