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Opinión | Cartagena D.F.

Oídos sordos

No es que me haya aficionado a escuchar conversaciones ajenas, pero cuando esperas en silencio en una cola para ser atendido, difícilmente logran pasar desapercibidas las indicaciones que transmiten quienes te preceden

Imagen de un médico de atención primaria.

Imagen de un médico de atención primaria. / Efe /Quique García

Una madre desesperada, de avanzada edad, se postra ante el mostrador de su centro de salud. El psiquiatra le ha recetado a su hijo una medicación que debe empezar a tomarse cuanto antes y acude con urgencia para pedirle a su médico de familia la correspondiente receta, previo debate con quien le atiende sobre si ese tratamiento lo puede prescribir o no su doctora. Justo al lado, un hombre solicita un cambio de fecha para el análisis de sangre y de orina que le han pedido. Le comenta al auxiliar que también le han solicitado una muestra para determinar si tiene sangre en las heces, por si tiene que entregarla ese mismo día. El grueso cristal que lo separa de su interlocutor dificulta la comunicación y se ve obligado a repetirlo alzando la voz para resolver sus dudas, que pasan a ser del dominio del numeroso gentío que se acumula a sus espaldas, en el recibidor de las instalaciones sanitarias. Dos puestos más allá, una señora se encuentra en la misma tesitura para aclarar que la ecografía que acaban de mandarle es de mama, mientras mira alrededor, pudorosa e inquieta, por si la había oído mucha gente. Logrado su objetivo, la mujer deja el hueco libre y un intenso pitido indica el cambio de número en la pantalla para que el siguiente paciente se acerque al mostrador para constatar que la gruesa mampara de vidrio que nos protege del covid y otras posibles infecciones provoca que su salud se convierta en un asunto compartido con mayor o menor curiosidad por el nutrido e involuntario público que aguarda su turno.

De entre todos esos datos que tanto empeño hemos puesto en proteger en esta nueva era digital, los relativos a nuestra salud se encuentran, sin duda, entre los más sensibles. Las administraciones, las empresas que prestan servicios públicos, las entidades bancarias y otras instituciones y estamentos nos hacen firmar infinidad de documentos esgrimiendo la protección de datos para conseguir nuestras rúbricas. La mayoría de las veces estos escritos contienen textos ilegibles, no solo porque están repletos de cláusulas elaboradas y puede que hasta retorcidas con un lenguaje farragoso, sino también porque la letra pequeña dificulta su lectura y, si eres capaz de leerla y te entretienes en ello, hasta te pueden clavar miradas de impaciencia y nerviosismo, lo que nos lleva a muchos a estampar nuestra identificación en cuanto nos señalan con el dedo el hueco reservado para ello, con una confianza ciega en quien nos atiende, pese a que suelen explicarnos el contenido del documento grosso modo.

No es que me haya aficionado a escuchar conversaciones ajenas ni que se haya despertado en mí ningún solidario interés por el estado de salud de mis paisanos, pero cuando esperas en silencio en una cola para ser atendido, difícilmente logran pasar desapercibidas las indicaciones que transmiten quienes te preceden. No solo ocurre en los centros de salud; también en los bancos, en oficinas de telefonía o de suministros como la electricidad o el gas y hasta en los supermercados nos aventuramos a dar de viva voz datos tan personales como nuestro nombre, nuestro DNI, nuestro número de teléfono, nuestro correo electrónico y, como en las situaciones que encabezan esta columna, nuestras dolencias y enfermedades. Podría sobreentenderse que la gente debería privarse de escuchar curiosa y desconectar las antenas hasta que les llegue su turno. O hasta podríamos habilitar un rincón con tapones para los oídos destinados a aquellos que padecen de incontinencia por conocer detalles de las vidas ajenas. Aunque tal vez sea todo mucho más sencillo y podríamos proteger los datos, la intimidad y el cada vez más denostado pudor que sentimos algunos mediante una atención más privada y, claramente, no me estoy refiriendo a la gestión. Lo aclaro porque puede quien haya que alegue cuestiones de índole económica y de rapidez de servicio en defensa de una asistencia en mostradores compartidos, cuando no creo que fuera más costoso prestar ciertas atenciones en espacios individualizados, sin descuidar, por supuesto, la necesaria prevención de los trabajadores en un asunto tan relevante como la atención sanitaria. ¿O solo vamos a preocuparnos por no dar datos sensibles a través de una red que, por otro lado, nos sorprende más cada día ofreciéndonos aquello que hemos mencionado el día anterior y que hasta piensa por nosotros y se nos anticipa incluso en lo que deseamos?

No sé. Probablemente, esto de hoy se deba a que me pillan más sensible o tiquismiquis que de costumbre y no sea más que una perogrullada, pero no me he sentido nada cómodo comprobando cómo algunas personas se veían obligadas a hablar a mi lado de los problemas psiquiátricos de su hijo, de una mamografía para descartar lo que todos sabemos o de sangre en sus heces para más de lo mismo.

Juzguen ustedes si todo este circunloquio son tan solo palabras necias y, en tal caso, hagan oídos sordos.

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