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Opinión | Nos queda la palabra

Aire

Solo un buen servicio público de transportes no solo nos cambiaría, sino que nos alargaría la vida

Fiesta es respirar aire limpio. No me refiero a la atmósfera política, impregnada del odio que emana de un partido que solo tiene verde el logo.

Al paso que vamos, la Fuensanta, salvo un milagro, va a tener que bajar a la ciudad con mascarilla. Sería la única forma, quizá, de que tanto los ciudadanos como su Ayuntamiento observaran la invisible y determinante contaminación.

Déjense de luces, cohetes y fastos para cuando logremos solucionar la mayor amenaza que pende sobre nuestras cabezas. No hay mayor toro y no hay menor faena para capearlo. Largas cambiadas.

Aspirinas como mucho frente al cáncer. Administradas a hurtadillas para no molestar o ahuyentar al otro Dios de la calle, nuestro amado coche.

Llegados a este punto, negro, cabe elucubrar sobre cuánto nos costará a todos, incluyendo al inane consistorio, asumir que solo un buen servicio público de transportes no solo nos cambiaría, sino que nos alargaría la vida.

En Murcia es nombrar el bus y torcer el gesto antes criticar la frecuencia y los horarios, así como reclamar tu legítimo derecho a bajar al centro desde tu barrio o pedanía. Si te aprietan sueltas sapos y culebras porque la capital no esté horadada de aparcamientos. Con especial virulencia contra las ruinas del poblado árabe de San Esteban que, únicamente, sirven para dejar patente la negligencia de los que nos gobiernan desde la Glorieta para poner en valor un patrimonio que mimarían en otros lares.

La ruta hacia el sinsentido acaba, como no, poniendo verde a Europa. Murcia, Cartagena, Lorca y Molina de Segura se escabullen de las obligatorias zonas de bajas emisiones por miedo a que las restricciones de tráfico y las multas se reflejen en las urnas, como ya ocurrió en el paréntesis socialista de la capital.

Antes muertos que sin coche. Lo mejor es no saber. No ver. Y, llegado el caso, no respirar o decir ni mu.

Qué siga la fiesta.

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