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Opinión | Pasado a limpio

Conspiración judeo masónica

Archivo: Un miembro de Hamás, en la franja de Gaza.

Archivo: Un miembro de Hamás, en la franja de Gaza. / Omar Ashtawy - Europa Press

Una táctica común de los regímenes totalitarios es combatir la disidencia con un criterio que ponga de manifiesto la fidelidad al régimen. A ser posible, un lema político cuya contravención pueda calificarse de atentado a la religión, la patria o las instituciones. Uno de los tópicos más recurrentes del régimen franquista fue la conspiración judeo masónica. Con ella culpabilizaba de todos los males que pudieran ocurrir a un enemigo indefinido. Lo mismo valía para las logias masónicas y similares, para el comunismo internacional o los lobbies capitalistas controlados por adinerados judíos. El invento es anterior al franquismo, pero fue utilizado por grupúsculos reaccionarios afines a los golpistas del 36 y, posteriormente, se convirtió en una constante del franquismo. Elevada a categoría política, fue la excusa para crear un Tribunal Especial para la represión de la Masonería y el Comunismo allá por los años 40. Todavía en nuestros días, para ciertos políticos, mencionar el comunismo es mentar la bicha y consigue aunar a una multitud de gregarios que identifican al comunismo con el diablo.

En la misma línea conspiranoica fue el llamado ‘contubernio de Múnich’, para referirse a un Congreso del Movimiento Europeo celebrado en 1962 al que acudieron un centenar de opositores del régimen, desde monárquicos liberales y conservadores democratacristianos hasta comunistas y socialistas. Se convirtió en una excusa arbitraria para perseguir cualquier atisbo de oposición y depurar a quienes fueran sospechosos de escasa lealtad al régimen, también a algunos leales incómodos. Como la reacción del régimen fuera tan excesiva que se atribuyó a ella la paralización ad aeternum del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea, el régimen inició una cierta apertura con la ley de prensa promovida por Fraga Iribarne desde el Ministerio de Información y Turismo. Pero la sola idea de apertura en un régimen tan cerrado y oclusivo es un oxímoron y la libertad de prensa quedaba tan lejana como ciertas distancias siderales.

Algo parecido es la tacha de antisemita que utiliza Netanyahu para referirse a todo atisbo de crítica exterior de su deliberada y despiadada política de aniquilación de Palestina. Con independencia de la calificación de genocidio como categoría criminal, la constatación que recibimos diariamente de la tragedia humanitaria sobrepasa todos los horrores imaginables. Los asesinatos cometidos por el ejército israelí, los bombardeos deliberados de hospitales y colegios, el asesinato indiscriminado de periodistas, sanitarios y funcionarios de la ONU, así como otros incómodos observadores, no puede dejar indiferente a nadie. Las manifestaciones se suceden y los gobiernos más sensibles constatan la incapacidad de los mecanismos políticos internacionales para detener el genocidio, al tiempo que aumenta la crítica y la protesta civil.

La complicidad de los Estados Unidos es parte del problema, porque ampara y protege el genocidio. Se suman algunos gobiernos de la UE que impiden la toma de decisiones, haciéndola inoperante y contribuyendo a su irrelevancia internacional. La misma Comisión Europea, que tiene autonomía como órgano ejecutivo, está bloqueada por una incapacidad cada vez más manifiesta de su Presidencia. Entre los gobiernos políticamente afines al régimen ultraconservador israelí y otros, como Alemania, paralizados por su complejo de culpabilidad en el Holocausto, las instituciones europeas se muestran torpes ante la creciente indignación popular. La conspiración judeo masónica parece hoy una paradoja macabra.

La magnitud de la tragedia no deja indiferente a nadie, hasta quienes no han mostrado nunca simpatía por todo lo relacionado con el mundo islámico. Cada vez hay menos espacio para la neutralidad y quien la defiende corre el riesgo de quedar señalado por su inhumanidad. Es el caso de las instituciones deportivas que permiten la participación de Israel en sus competiciones. También Díaz Ayuso y Martínez-Almeida se retratan en su impostura.

Todo es político, porque forma parte de la condición humana. El deporte no puede quedar exento, porque nunca lo ha hecho. Las olimpiadas de Berlín del 36 fueron utilizadas por Hitler para presentar su proyecto supremacista. Los boicots internacionales a la Unión Soviética y a la Sudáfrica del apartheid y la reciente exclusión de Rusia de las competiciones internacionales, son muestra de esa necesaria implicación de las instituciones deportivas con los crímenes de lesa humanidad.

La masacre de Gaza no es una guerra, porque para que lo fuera se necesitan dos partes con capacidad bélica. Hamás será una organización terrorista, pero sus crímenes no justifican el genocidio, el homicidio de miles de inocentes, entre ellos, miles de niños que nunca serán adultos ni tomarán conciencia de su pueblo y su territorio, porque han sido impunemente asesinados en colegios y hospitales, en sus casas y en los campos de refugiados. Nada justifica el abandono humanitario, la muerte por inanición o el ametrallamiento deliberado en las colas de abastecimiento.

La supuesta utilización de escudos humanos y del hipotético refugio de los terroristas en hospitales y colegios no es excusa válida para la destrucción de estos y la muerte de civiles inocentes. No se mata a los rehenes para acabar con los secuestradores.

En un país democrático debería estar manifiestamente claro que la lucha contra el crimen no debe producir víctimas colaterales por quienes tienen atribuido el uso de la fuerza pública. De lo contrario, nuestra civilización habrá sucumbido a manos de la barbarie encarnada en aquellos a quienes dimos el poder.

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