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Opinión | Cartagena D.F.

Distantes

¿De verdad no somos capaces de apaciguar nuestras diferencias para luchar contra el infierno que ha arrasado las casas y las vidas de tantos paisanos este verano?

Un voluntario trabaja en la extinción de un incendio forestal en las proximidades de Cipérez (Salamanca).

Un voluntario trabaja en la extinción de un incendio forestal en las proximidades de Cipérez (Salamanca). / Efe/JM García

Me gusta que respeten mi espacio vital. Hay personas que se acercan demasiado cuando entablan una conversación y admito que eso me incomoda, aunque tampoco sabría precisar con exactitud la separación idónea para mantener una charla. Ahora bien, una cosa es guardar las distancias y otra bien distinta, mostrarse distante. Digo esto a raíz de la entrevista a Pedro Sánchez que nos coló RTVE para darnos la bienvenida tras el regreso de un verano muy caliente, y no lo digo solo por los incendios.

Fue mi cuñada la que esa noche de lunes nos recordó que estaban entrevistando al presidente en La 1 y encendimos la televisión al instante. Allí estaba. ¡Otra vez! Con su rostro de circunstancias, serio y esquivando las comprometidas preguntas que sin remedio debía hacerle Pepa Bueno. «¡Ya estoy aquí, para salvaros!», le faltó decir, a la vez que se presentaba como una víctima, como el ejemplo del político íntegro y honesto al que le hacen la vida imposible, al que tantos quieren aniquilar, pero que despliega una y otra vez su manual de resistencia, convencido de que todo lo hace bien y, cuando no, lo corregimos y ‘p’alante’.

Me sorprendió la distancia que separaba a Sánchez de la entrevistadora. Entiendo que la tele tiene sus condiciones y requiere colocarse de esta o aquella manera para que las cámaras y los realizadores hagan sus juegos para que el programa sea más ameno, pero tanta separación me pareció excesiva. Sumada a lo enfrentados que estaban, cara a cara, como en un duelo, se me antojó una metáfora perfecta de la era en la que vivimos: tan distantes. Curioso que la pregunta con la que me enganché a la entrevista tratara precisamente de eso, de cómo es posible que convirtamos todo en una polémica, en una disputa en la que todo es culpa del otro. ¿De verdad no somos capaces de ponernos de acuerdo y apaciguar nuestras diferencias para luchar contra el infierno que ha arrasado las casas y las vidas de tantos paisanos este verano? La respuesta es triste y desoladora, tanto como el paisaje negruzco y yermo que han dejado las llamas a lo largo de todo nuestro territorio nacional. Aún peor son las perspectivas de futuro, porque nada nos lleva a vislumbrar un acercamiento, al menos, para compartir y consolarnos en las desgracias o ayudarnos en los problemas.

El reproche, la disputa, la crítica voraz y el machaque al que piensa distinto ha dado un paso más allá de la obligación o la estrategia política: se ha erigido en una consigna. Caiga quien caiga. Menudo inicio de curso que nos están regalando con los mismos lamentables espectáculos con los que nos despidieron el anterior y con los mismos augurios de suspensos en unidad. Si ni siquiera en verano nos han dejado desconectar de sus lecciones sobre cómo aplicar el «Y tú más».

Lo lamentable es que ese ambiente de crispación nos contagia a todos, que entramos en el juego de conmigo o contra mí. Además, se extiende a todos los poderes, a todos los ámbitos, a toda la sociedad y a todos los territorios, entre los que también se encuentra nuestra querida Cartagena, donde mantenemos las mismas peleas por las mismas reivindicaciones con las mismas carencias eternas de siempre.

Septiembre nos recibe en nuestra ciudad con una nueva entrega del serial sobre la inmigración que se desarrolla en torno al Hospital Naval, como centro de acogida de extranjeros que unos quieren y otros no. La distancia que separa al Ayuntamiento y la Comunidad del Gobierno central para abordar y solucionar este asunto es inmensamente mayor que la lejanía de las tierras de las que proceden los actuales inquilinos del antiguo edificio sanitario de la Marina en Tentegorra. Y, como en tantas y tantas cosas, recurrimos y manoseamos a la Justicia como si fuera el remedio, ignorantes de que nuestras diferencias no se arreglarán nunca solo a base de sentencias, sino mediante un diálogo sincero, conciliador y cercano, alejando consignas de enfrentamiento y ejercitando el respeto de todos a todos.

Me gusta que respeten mi espacio vital, pero jamás rechazo un buen apretón de manos o un abrazo reconfortante. Tal vez ha llegado la hora de que reflexionemos hacia donde nos lleva la vorágine de desprecios y odios en la que estamos inmersos, para tratar de cambiar de rumbo y coger un nuevo tren hacia un nuevo destino más amable. No será fácil, habrá parones, retrasos, baches y averías, pero quizá debamos comenzar por sacar el billete, con permiso del ministro Puente.

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