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Opinión | Las fuerzas del mal

@enriqueolcina.bsky.social

Gente bonsái

Ser maricón es lo segundo mejor que me ha pasado, entre otras cosas porque me permite ejercer obstinadamente la impertinencia pertinentemente sobre aquellos a los que les molesta que se nos vea por la calle y se nos sienta por la vida

EFE

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Si Shakira era «tonta, ciega, sordomuda, además de testaruda», yo soy impertinente, seco, obstinado y un poquito gilipollas. Pero de todo se sale y me estoy quitando, aunque solamente me ponga estupendo de vez en cuando. También me estoy quitando del colesterol, que de los cuatro que tengo en el análisis, el único bueno está rodeado por los tres malos. Esos colesteroles malos me riegan de estrellas el papel del análisis, avisando —aparte de la desviación del porcentaje— que estoy ascendiendo a teniente coronel de la edad madura.

Mi médica, de la que les he hablado alguna vez, ante mi obstinación por no tomar pastillas, me ha dicho que debo correr más y me ha recomendado complementos de levadura de arroz rojo. A punto ha estado de decirme que me revise los chakras, porque ya no sabe qué hacer conmigo y con mi tozudez.

Que conste que, a falta de quinoa, lo intento de todas las maneras posibles. Apenas tomo bollería. La última vez que visité una comida rápida, mi madre me recordó que la franquicia pertenece a la familia de cierta arquitecta monacal con ínfulas de falsificadora burda, con lo que, si ya lo frito me sentó mal, pensar que le hubiera dado un euro a esa señora acabó rematándolo. Esa locura juvenil de pollo empanado me dio porque tenía hambre, venía de viaje y el Verano de Vivaldi sonaba a todo volumen en el coche. Viviendo en el límite, lo sé, y me ha tenido una semana descolocado.

De la misma manera que no hay pastilla que me arregle el colesterol, de lo otro —de lo de ser maricón— tampoco hay pastilla. Les confieso que hubo un momento de mi vida en que, si el remedio hubiera sido fácil, posiblemente lo habría tomado, porque mirabas hacia adelante y pensabas «¿pa’ qué?». Pero mirando hacia atrás, con pluma pero sin ira, mejor no. Ser maricón es lo segundo mejor que me ha pasado, entre otras cosas porque me permite ejercer obstinadamente la impertinencia pertinentemente sobre aquellos a los que les molesta que se nos vea por la calle y se nos sienta por la vida. Y también le ha evitado el mal al mundo de sumar una cabeza más al rebaño de cabrones con pintas en el lomo y cuerno retorcido, que de esos ya tenemos bastantes, además de la cabaña de cabritos que viene fuerte.

Lo primero que mejor me ha pasado en la vida es caer en la familia que he caído. Solo con haberlo hecho, como quien dice, dos ramas más allá, posiblemente lo habría pasado peor. Mi madre solo le desea a quien es homófobo que tenga una descendencia LGTBIQ+ para que creciera de su estrecha parcelica. Habla desde su experiencia, con dolor, lágrimas, risas y, supongo, cierto orgullo. Le aviso de que hay gente bonsái, que se empeña en no salir de su tiesto, y ella me rebate que los bonsáis, aun así, crecen. Miro, sin volver a rebatirle, su pequeñica persona, y siento el corazón desbordado de admiración por el árbol tan grande en el que se ha convertido, dando sombra y refugio, y caigo en que ya sé que quiero ser de mayor y de dónde me viene lo de impertinente.

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