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Opinión | Horizonte de sucesos

Ensayos imaginativos sobre la literatura

César Aira habla de su infancia, de la literatura de Norah Lange, del realismo o de la creatividad en ‘Actos de presencia’

La obra ensayística del argentino César Aira se beneficia de la libertad de su escritura libérrima y proliferante, pero mantiene una contención al acotarse a un tema concreto que la equilibra. En este sentido, en sus ensayos creo vislumbrar el núcleo duro de su capacidad narrativa, porque, a diferencia de sus ‘novelitas’, aquí Aira logra desplegar ideas geniales (y diversas) pero reteniéndolas en el ámbito de lo concreto, de lo conceptual. Como si su disparatada locuacidad imaginativa se viera compensada por una suerte de inteligencia al servicio de un propósito ‘más serio’ que en su narrativa fantástica. Además, en el caso del libro que nos ocupa, Actos de presencia, la condición de ‘disertaciones’, para ser leídas en público, parece dotar a los textos de cierto aire de fluidez, de coloquialidad. Aunque no nos llevemos a engaño: Aira es excéntrico y convoca, en cada texto, una suerte de universo en continua expansión.

A lo largo de varios discursos, que recorren tres décadas de su vida literaria, Aira habla de su infancia, de la literatura de Norah Lange, del realismo o de la creatividad. Al igual que su propia poética es tematizada por un discurso autorreferencial en sus ficciones, los temas de estos ensayos son también literarios y abordan la proliferación, los límites del realismo, la figura del autor o la calidad literaria. Aira confiesa que su educación ha sido defectuosa debido a su autodidactismo, pero quizá sea esta característica la que la enriquece, porque así afloran en sus textos asuntos marginales que devienen ingeniosas rarezas. Aira, por ejemplo, imagina Buenos Aires vacía. El vacío es uno de los temas que recorren su escritura, una escritura fantasma que es en sí misma un vaciamiento lleno de actividad. Piensa Aira: ¿habrá una escritura interna, «incorpórea», anterior a la escritura en papel?

Es evidente que Aira toma como modelo el arte de vanguardia. Bebe de Duchamp y crea, con su escritura minimalista y arriesgada, pequeñas piezas que se resisten a la disección. Sus ensayos, en los que entremezcla ideas originales, escritura en primera persona y teoría literaria y artística, parecen pequeños ready made que desafían los límites genéricos. Si el lector busca un sentido último en sus ensayos hallará la frustración del que persigue la coherencia o la verosimilitud de sus ficciones. Aira se abandona a reflexiones rizomáticas sobre la ausencia, Rubén Darío y su modernismo, la escritura en todas sus formas, la pobreza, los objetos, el arte, los límites de la escritura, la otredad del escritor y los juegos del lenguaje. Aira diserta sobre la innovación en una suerte de ejercicio metarreferencial, en el que se aleja de sus precursores para alcanzar algo que todo autor ansía: la originalidad. Y ese estado de gracia al que llega trabajando un escritor está en todas partes menos en él mismo. Está siempre afuera: «La persistencia en el yo solo puede llevar al fondo de lo conocido». Es quizá por eso que Aira parece un autor extranjero, de prosa extraterrestre, que habla con un idioma nuevo, basado en la atención, en un realismo paradójico, en una subjetividad siempre puesta en entredicho.

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