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Opinión | desde mi picoesquina

Declive de la izquierda en Europa: alternativas

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard

Los recientes procesos electorales en Portugal, Rumanía y Polonia han sido noticia porque ponen en evidencia la extrema debilidad de la izquierda europea. En las elecciones portuguesas, la gerigonça (la confluencia gubernamental del partido socialista (PSP) con formaciones a su izquierda) es un recuerdo lejano: el PSP apenas ha logrado superar en votos a la ultraderecha de Chega, a la que iguala en escaños. En Rumanía y Polonia, la izquierda (socialdemócrata o anticapitalista) ni siquiera está presente en la discusión electoral. Estas situaciones ocurren mientras dirigentes como Emmanuel Macron e incluso los laboristas británicos abrazan buena parte de la retórica y las políticas xenófobas de los ultras. También los resultados electorales en países clave de la Unión Europea, como Italia (recordemos que, en décadas anteriores, regiones como Lombardía y el Piamonte eran un feudo de las izquierdas), evidencian un claro declive de las formaciones progresistas. Con estos precedentes, no es extraño que el grupo parlamentario GUE/NGL (también llamado ‘The Left’), a la izquierda de la socialdemocracia, está presente con sólo 46 diputados en el Parlamento Europeo, lo que supone el 6,38% de la Cámara.

Las causas de este evidente retroceso de la izquierda, tanto la socialdemócrata como la alternativa, son varias. Para Jan Rovny, profesor francés de Ciencia Política, la izquierda abandonó su radicalismo tras la II Guerra Mundial, renunciando a sus objetivos de cambiar el capitalismo para actuar dentro de él. Recordemos que, frente al ‘peligro soviético’, colaboró con la puesta en marcha del estado del bienestar. Considera que la izquierda se desarrolló a finales del siglo XIX, como defensora de los intereses de la clase obrera industrial, pero esa clase obrera, según él, ya no existe: grandes sectores asalariados se identifican con la clase media. Por ello, con la conocida Tercera Vía, de Tony Blair y Gerhard Schröder, la socialdemocracia europea viró hacia el centro.

Por su parte, el politólogo Jonathan White también incide en el abandono del radicalismo de la izquierda al final de la Guerra Fría, no planteando, pues, un desafío creíble al statu quo. Ese viraje ideológico vino precedido, como es sabido, por el llamado ‘eurocomunismo’, impulsado a finales de los 70 del pasado siglo por Santiago Carrillo, Georges Marchais y Enrico Berlinguer, que supuso un cuestionamiento de la revolución socialista para el acceso al poder y, por supuesto, el final de la dependencia de los partidos comunistas europeos de Moscú. La moderación del Partido Comunista italiano (PCI) era tan evidente que cristalizó en el llamado Compromiso histórico, impulsado por Enrico Berlinguer, es decir, el apoyo externo del PCI al gobierno democristiano de Giulio Andreotti, y que acabó con el asesinato de Aldo Moro.

Las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo significaron, como es sabido, el triunfo del neoliberalismo procedente del otro lado del Atlántico, con sus mentores Ronald Reagan y Margaret Thatcher. La respuesta desde la izquierda a la grave crisis desatada en 2008 la impulsaron ‘actores’ como IU y Podemos en España, Syriza, en Grecia, y más tarde la Francia Insumisa, de Mélenchon. No obstante, las propuestas progresistas y antineoliberales para la superación de esa crisis contaron con la reacción de las élites europeas, que se marcaron como objetivo masacrar a aquellos actores: dinamitaron la acción de Gobierno de Syriza, en Grecia, con la imposición al país de drásticas medidas de ajuste; hicieron lo imposible por desprenderse de un molesto Unidas Podemos en el Gobierno de coalición con el PSOE, en España; y han logrado eliminar la notable experiencia progresista que supuso el gobierno de la ‘gerigonça’ en Portugal. Por ello, huérfano de apoyos, una parte del electorado tradicionalmente izquierdista ha abrazado las tesis de la extrema derecha, filofascista y en algunos casos neonazi. Una juventud precarizada, defraudada, con dificultad de acceso a la vivienda, y, además, con un futuro incierto se deja encandilar por esos cantos de sirena.

Si a esos hechos objetivos sumamos la falta de propuestas claras de la izquierda (excepto en países como Bélgica y Francia) para hacer frente a los problemas reales de la población, estamos abonando el abstencionismo en los barrios populares, como ha ocurrido en los de menor renta, en Portugal, en los que la participación se ha desplomado.

La supuesta inseguridad, la migración y el nacionalismo han ido copando los debates electorales. Un escenario en el que los partidos de la derecha tradicional, e incluso socialdemócrata, se mueven a sus anchas. La extrema derecha, además, ha logrado dominar las redes sociales, los bulos y la desinformación; ante ello, la izquierda adopta una política ‘reactiva’, pero incapaz de desmontar esos debates ‘securitarios’ y migratorios. En el caso concreto de Portugal, el sistema electoral de la Ley D’Hont y la fragmentación electoral de la izquierda (cuando las barbas de tu vecino veas pelar…) han hecho el resto.

En este contexto, ¿qué le cabe hacer a la izquierda? En toda Europa, y con seguridad en el Estado español si queremos mantener lo que llaman ‘peculiaridad española’, es decir, un Gobierno progresista -no olvidemos, sin embargo, que con apoyo de las derechas nacionalistas vasca y catalana-, hay que analizar las causas de la desafección política, sobre todo en los ámbitos juveniles, y el apego de éstos a las propuestas culturales dominantes provenientes de las élites. Y, por supuesto, hay que recuperar las movilizaciones ciudadanas para recomponer una base social progresista y de izquierdas que dé respuestas contundentes a los problemas más acuciantes: el paro, la vivienda, la educación, la sanidad pública, la carestía de la vida, la violencia machista, la oposición a la guerra y al rearme…

Creo que, frente al declive representativo y de influencia de la izquierda alternativa, la solución ha de venir desde abajo, consolidando liderazgos que sean capaces de articular y conducir la necesaria dinámica transformadora y democrática.

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