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Opinión | Pasado a limpio

Un mate con Pepe Mujica

Pepe Mujica,  en su casa en el Rincón del Cerro en Montevideo.

Pepe Mujica, en su casa en el Rincón del Cerro en Montevideo. / EFE

«Hay hombres que luchan un día y son buenos». Probablemente, para Bertolt Brecht Pepe Mujica sería uno de los imprescindibles, los que luchan toda la vida. Con tu permiso, lector, quería dedicarle unas letras, no a modo de obituario, pues poco puedo añadir cuando se ha escrito casi todo. Pero Mujica me recuerda a mi amigo Edmundo Chacour y hace días que me lo encuentro como Hamlet al fantasma de su padre y los rincones de la memoria fueran el adarve de Elsinor (el castillo de Kronborg).  

La crispación política solivianta los ánimos y nos empuja hacia una suerte de atrincheramiento mental. Recuerdo vivamente la época de la Transición que viví a caballo entre el colegio y el instituto. En las casas se empezaba a hablar de política y la historia de cada familia pesaba sobre los vástagos que ni siquiera habíamos conocido los tiempos duros de la posguerra. La tensión se vivía en las calles: huelgas por fin legales, manifestaciones por casi todo, los grises se convirtieron en maderos, pero no con la misma mentalidad, y aquella canción de Jarcha, Libertad sin ira, que fue todo un lema de la Transición, parecía una voz en el desierto.  

Una de las primeras liberaciones es la de la herencia familiar. A los hijos hay que dejarles que vuelen, decía el padre de Chacour, un emigrante libanés que recaló en Argentina. Crecí pensando que la libertad era un concepto más amplio que la ocasión de tomar unas cañas en las tascas. Fue entonces cuando conocí a Jorge Pesce y Edmundo Chacour, que estuvieron ‘desaparecidos’ por las respectivas dictaduras de Chile y Argentina. Mi suerte era vivir en un país donde se acabaron las detenciones por pensar diferente, por leer libros prohibidos o por manifestarte en la calle por cualquier causa que oliera a libertad de pensamiento o de expresión.  

Cuando escuché a José Mujica, recordé las voces de mis amigos que nacieron antes. El valor de la palabra recuperada, de las ideas que vuelan bajo el cielo estrellado, lejos de los uniformes, las banderas y las armas. Sin embargo, hubo un tiempo en que, para conquistarlas o defenderlas, no fueron suficientes las ramas de olivo.  

Mujica fue guerrillero de los Tupamaros. La diferencia entre guerrillero y terrorista es parecida a la que Víctor Hugo marca entre revolución y rebelión. Cuando se vive en un país gobernado por una dictadura militar, sólo una palabra tiene sentido: resistencia. ¡Qué lejos queda América para quien no la conoce! Quien piense que Mujica fue un terrorista, ojalá nunca no necesite entender que luchó por la libertad de su país, porque será señal de que vive en una democracia, como la que hubo en Uruguay antes de la dictadura paradójicamente conocida como cívico-militar. ¡Qué contradicción! 

La resistencia no es sólo un ejercicio físico, sino una proeza mental. Los años de encierro no fueron un castigo penal con la vista puesta en la rehabilitación del penado, no hay garantías procesales ni derechos humanos a los que apelar cuando se está encerrado en un zulo en el que no se sabe cuándo es de día, ni cuándo las noches son, pues todo huele a inmundicia, rodeado de los propios excrementos. El derecho penitenciario no es una quimera, sino un más allá de ese mundo en el que lo primero que pierdes es la dignidad.  

José Mujica por tupamaro, Edmundo Chacour por teatrero peronista (de los de Evita, por supuesto) y Jorge Pesce por líder universitario de un partido de izquierda cristiana, estuvieron desaparecidos; salvaron la vida por algunas de esas casualidades que llamamos milagro, pero pudieron perderla por igual suerte. Cualquier mínimo atisbo es excusa para la represión, pero cualquier mínima resistencia mental servirá para recuperar algo más que la existencia. Tuve la fortuna de conocer a Jorge y a Edmundo en un tiempo en que la mente está abierta a nuevos horizontes y conversé con ellos sobre literatura, sobre tangos, sobre vidas ajenas y sobre las propias; también sobre política, porque todo ciudadano es un ser político. Cuando oí hablar a Mujica, volví a encontrar en su discurso el valor de la palabra, la idea, el compromiso con una causa, una música que no me era desconocida.  

Para la mayoría de los mandatarios mundiales, Mujica ha sido un estrafalario, una excepción entre los que usan el poder para servirse de él, no para servir a sus ciudadanos. Para una parte de nuestra sociedad, la que no cree en la reinserción social, pero tampoco en la redención de sus propios pecados, Mujica será un terrorista irredento. Para muchos compatriotas, seguirá siendo un libertador, como Mandela, con la palabra como arma. 

Me hubiera gustado tomar un mate en la puerta de su chacra, hablando de la vida mientras el sol juguetea con las nubes, como en la propia bandera de la República Oriental del Uruguay, hablar de José Artigas y de Garibaldi, los libertadores en aquellas feraces tierras junto al Río de la Plata; como el propio Mujica, siquiera sea libertador de conciencias. 

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