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Opinión | Luces de la ciudad

Mi maestro de ajedrez

Aprendí a concentrarme, a prestar atención, a resolver problemas y a tomar decisiones

Le llamaba Vila, pero nunca supe si en realidad ese era su nombre de pila, su apellido o un apodo. Aunque tendría más o menos mi edad, no más de diez, me sacaba un palmo. Era algo regordete, de pelo rizado y amplia frente.

Vila bajaba todas las tardes a la placeta del residencial acompañado de su inseparable ajedrez y se sentaba en el suelo enlosado de una de las esquinas que permanecía a resguardo del sol durante todo el día. Era verano hacía calor y se agradecía el fresco de la losa sobre las nalgas.

Cuando aparecía por la placeta, yo dejaba de jugar con el resto de niños —al escondite, al burro o al futbol, según se terciara—, esos mismos niños con los que él jamás se relacionaba; y me dedicaba a observarle. Colocaba el tablero sobre el pavimento, situaba cada pieza en su posición y comenzaba una partida tras otra contra sí mismo. Me fascinaba ver cómo movía las piezas por el tablero y cómo este se iba vaciando de forma incomprensible para mí hasta finalizar la partida. Cuando oscurecía, recogía y se marchaba a casa.

Vivíamos en el mismo bloque. Hacía más de un mes que se había mudado allí con su madre y a pesar de encontrarnos a menudo por las escaleras — el edificio carecía de ascensor—, nunca habíamos cruzado palabra.

Hasta que un día, en la placeta, me acerqué a él, a ese niño sin amigos, reservado y taciturno que nunca sonreía, y le dije: «Si me enseñas a jugar podría jugar contigo». Me miró como si fuese la primera vez que me veía y me contestó: «Vale».

Vila no quería aburrirse, necesitaba un rival a su altura, así que me enseñó rápido y bien. Y pronto, las partidas se convirtieron en encarnizadas batallas entre las huestes negras y las blancas. Los peones avanzaban con lentitud, los alfiles cubrían las diagonales, los caballos saltaban de un lado a otro, la dama atacaba sin piedad y las torres protegían al rey.

Aquellas tardes mágicas de aprendizaje y diversión se convirtieron para mí en el momento más deseado del día. En ellas, gracias a Vila, mi maestro de ajedrez, aprendí mucho más que unos extraños movimientos y algo de estrategia. Aprendí disciplina y orden. Aprendí a concentrarme, a prestar atención, a resolver problemas y a tomar decisiones. Aprendí a medir las consecuencias de mis actos, a asumir riesgos, a prever reacciones y a respetar las reglas. Aprendí, por absurdo que parezca, a percibir la vida de otra manera.

A los pocos meses, Vila y su madre se marcharon a vivir a otra ciudad y ya no supe más de él, pero yo, desde entonces, nunca he dejado de jugar al ajedrez.

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