Opinión | Retratos
Juan Ballester
Nuria Cánovas Navedo: ¡que suba el telón!
En un afán por buscarle a Julia -mi nieta- alguna actividad que la ayudara a liberarse un poco de sus rutinas últimas, le propusimos a nuestro amigo Pepe, que es aficionado al teatro, la posibilidad de incorporarla a alguna de las clases a las que asiste en una academia. Tras hacer la consulta, rápidamente nos comunicó, no sólo que sí podíamos, sino que se nos esperaba con los brazos abiertos, así que, el lunes siguiente, a las cinco y media de la tarde, allí estábamos nieta y abuelo en la calle Comuneros y con los calcetines más nuevos que teníamos porque también se nos había indicado que las clases se hacían sin zapatos.
Un cartel en la parte superior de la puerta reza: «Nuria Cánovas, interpretación cine, tv, teatro». Empujamos la puerta y entramos en una gran sala diáfana, en donde destacaban una zona de descanso junto a uno de los grandes ventanales, unos percheros al otro extremo del espacio y como único atrezzo, una pizarra con algo escrito y a su lado un fondo fotográfico. Lo demás, un gran vacío destinado a ser llenado durante las siguientes dos horas y media por unas cuantas personas que en aquel escenario (o en aquel tiempo) nos dábamos cita.
Lo dirige Nuria Cánovas Navedo, una persona que tiene y demuestra a cada segundo una agilidad mental y un sentido común inusuales. Su táctica, inapelable: primero explica, después deja actuar y, finalmente, se limita a puntualizar el posicionamiento mental que cree haber observado en lo que acaba de producirse. Ni mejor, ni peor, únicamente le interesa marcar ese compromiso previo del actor en relación a una verdad, por muy desaliñada que posteriormente encuentre esa verdad. Si partimos de la base de que todo lo que se realiza allí es inventado, es decir, que obedece a un cierto guion, lo fundamental es que nazca ‘real’, que llegue acompasado con la vida y produciendo sobre el intérprete las mismas emociones y sentimientos que provocaría en la realidad. El segundo día de clase aparecía escrita sobre la pizarra la siguiente frase atribuida a Augusto Boal: «El teatro es eso: ¡el arte de vernos a nosotros mismos, el arte de vernos viéndonos!», como si el tiempo y el espacio no existieran, como si el yo pudiese liberarse por fin de esa identidad preestablecida y única que tanto nos define como limita.
Pero ahora viene lo más paradójico: como Julia acaba de cumplir quince años y apenas ha abandonado su infantil visión de la vida, todos en la familia pensábamos que este mundo de la interpretación le iba a quedar un poco grande. Sin embargo -y esto es lo maravilloso- sólo desde allí estamos pudiendo ver a esa mujer que aún no conocíamos. Sí, está claro, el teatro no es sólo un espectáculo; es la gran verdad que nos libera.
¡Que suba el telón!
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