Opinión | Mamá está que se sale
‘Sorda’
‘Hijos de un dios menor’ en versión actualizada

Álvaro Cervantes y Miriam Garlo en un fotograma de 'Sorda', imagen cedida por Revolutionary. / EFE
No digo que no a una buena película, así que no lo dudé cuando una amiga me propuso ir a ver Sorda. Te adelanto que, cuando volvía a mi casa, vi de lejos a mi hijo entrando al portal y le llamé. No sabes qué alivio y qué sensación de gratitud a la vida al ver que me oía. No había que hacerle gestos, ni tocarle el hombro. No valoramos qué significa oír. Pero valoramos mucho menos qué significa ser sordo, en un mundo hecho por y para los oyentes.
Hasta qué punto tenemos empatía cero con los sordos que, en la cola del cine, y harto de que todo el mundo le preguntara lo mismo, el chico de la taquilla tuvo que salir a explicar que la película era subtitulada para que los oyentes pudiéramos entender a los sordos cuando hablasen en lengua de signos. Todo el que compraba la entrada le preguntaba por qué era subtitulada, si la película es española. Ríete, pero es para llorar.
El punto de partida de la película, el nacimiento de su primera hija, ilustra a la perfección el formidable reto que supone para una chica sorda hacer cualquier cosa cotidiana sin depender de los demás. Solo la necesidad de ir siempre acompañada de su marido, que es quien la traduce, y el hecho de que, en el momento que saben que es sorda, dejen de dirigirse a ella como si fuese invisible, es muy frustrante. Luego está el viaje interior. Los propios sentimientos de una madre primeriza se multiplican en ella. Miedo a que el bebé tampoco oiga, o a no enterarse de algo importante. El embarazo desata un carrusel de sentimientos -en ella misma y a su alrededor- que te hace meterte en la historia, como si fuese tu hermana o tu amiga la que está pasando por ese trance.
Es de admirar la ilusión e ingenuidad inicial del marido, que cree que todo será fácil, y, por otra parte, entiendes a los padres, incrédulos al recibir la noticia y temerosos por su hija. Confían en ella, pero no saben cómo se las apañará para atender a un bebé al que necesariamente hay que oír.
Pero si la película tiene una virtud, es la de retratar cómo es para los sordos el mundo de los oyentes, y cómo les resulta necesario refugiarse en su mundo. Cómo allí tienen una vida plena, divertida, feliz… mientras que en el mundo de los oyentes sienten que son extraterrestres.
No te voy a desvelar cómo sigue la película, pero es de una humanidad tremenda ver cómo ella lucha por mantener a su hija en el mundo de los signos, el de los sordos, como una forma de supervivencia. Como si temiera desaparecer el día que su hija no supiera hablar por signos. Y, al mismo tiempo, cómo su madre, Elena Irureta, le cuenta cómo fue saber que su hija, siendo pequeña, se había quedado sorda, que nunca más oiría su voz. Dos mundos, dos madres tratando de tener cada una a su hija en su mundo. Ve a verla.
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