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Opinión | El retrovisor

Miguel López Guzmán

'Lluvia y Cuaresma', por Miguel López Guzmán

"Exigen una despensa bien provista; el cuerpo pide cuchara: migas o sémolas; días de 'vigilia', olvidados ya los privilegios de la Bula de la Santa Cruzada"

La carretera de El Palmar inundada, 1964.

La carretera de El Palmar inundada, 1964. / Archivo TLM

Nos quejamos de todo y por todo. Si llueve, porque llueve, y si no llueve, porque no llueve. Quejas sin motivo, ya que los más viejos del lugar seguro que recuerdan cuando caían fuertes aguaceros y se iba la luz. Nos quedábamos a oscuras por el aparato eléctrico de la tempestad o bien porque saltaban los «plomos». Aquel engendro, ubicado detrás de la puerta de la vivienda, escondido dentro de una tenebrosa caja de madera sellada. Los manitas de turno inventaron distintas trampas en el contador, las mismas que debían retirar cuando se acercaba la visita del empleado para hacer la lectura del consumo eléctrico. Recuerdo a una señora vecina de la niñez, cuya trampa consistía en meter una aguja de hacer punto en semejante sitio del aparato. Los nervios le jugaron una mala pasada al divisar en la distancia la llegada del funcionario de la compañía eléctrica; al quitar la citada aguja, base de la trampa, recibió una descarga de aquella añeja corriente de 125 voltios que le puso el pelo como escarpias. El sofoco fue mayúsculo, quedando sin luz el vecindario.

Los cortes de luz habituales con la lluvia se dieron hasta bien entrados los sesenta. El misticismo estaba presente en los días de aguaceros con rayos y truenos, cuando se encendía la vela al Santísimo y se pedía la intercesión de Santa Bárbara para que nos librara de la tempestad. Siempre existió una voz que ordenaba buscar una vela perdida en el cajón de una cómoda. Lluvias olvidadas que permanecen en la memoria, al igual que las ventoleras de marzo. Un marzo que nos ha venido húmedo para nuestra fortuna, y que deja sin sentido el refrán: «Cuando marzo mayea, mayo marcea», refrán que es casi un piropo en su juego de alternativas.

Y, de pronto, empieza a llover. En los pueblos se oye llover como en ninguna parte. Primero existe un gran silencio precursor. Un silencio finísimo, tan espacial, que pueden escucharse las campanas de la Torre de Catedral, a cuatro kilómetros de distancia, en esos minutos previos a la caída de la lluvia.

Antaño, las mujeres acercaban los paraguas a los maridos que jugaban la partida en el bar. La lluvia es amiga de la noche; «Va a diluviar esta noche», se decía, las tertulias acababan antes. «Vámonos antes de que nos quedemos sin luz», se decía. Solo al amor no le importaba la lluvia en aquellas largas noches junto a la reja.

Generaciones de chiquillos disfrutaron con la lluvia fina, pisando charcos. Sí, entonces los críos se mojaban en sus carreras de ida y vuelta al colegio. No fueron generaciones de cristal como las actuales, con padres motorizados aparcados en doble fila, para que el retoño no se moje a la salida de clase y pueda agarrar un inoportuno catarro.

La lluvia y la Cuaresma exigen una despensa bien provista; el cuerpo pide cuchara: migas o sémolas; días de «vigilia», olvidados ya los privilegios de la Bula de la Santa Cruzada. Aquella prebenda de Pío XI y Pío XII que perduró hasta 1966, durante los primeros treinta años de los gobiernos de Franco, ya que por primera vez en muchos siglos, los españoles habían luchado en defensa de la fe católica, aunque hiciera mucho tiempo que estas bulas habían ido perdiendo su sentido; el ayuno y abstinencia pasaron a ser una incomodidad de la que uno se libraba con una pequeña limosna.

La ausencia de la carne en la Cuaresma estimula la imaginación culinaria, adoptando formas de potajes, hervidos y platos en los que no faltan las legumbres, verduras y pescados, ignorando unos precios que en la actualidad rozan las nubes. Juan García Abellán nos ofrecía en su incunable Murcia entre bocado y trago un delicioso y austero menú de vigilia, compatible con las jornadas de lluvia imprevisible del ventoso marzo: ensalada de tomate, lechuga, cebolla tierna y olivas de Cieza. Tortilla de habas. Albóndigas de bacalao con alcaciles. Natillas quemadas. Naranjas de Beniaján con azúcar y canela en compañía de un clarete de Bullas. Llueve poco, pero cuando llueve, llueve agua.

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