Opinión | El que avisa no es traidor
Murcia, indignante destrucción sistemática
Se ha llegado a un punto en que lo único medianamente recuperable son restos arquitectónicos del subsuelo, ya que en superficie poco queda de valor datable solo cien años atrás

Restos derribados de los muros perimetrales de la Cárcel Vieja, el pasado mes de febrero. / Israel Sánchez
No tiene mucho sentido lamentarse de cosas que no tienen remedio. Pero es inevitable recordar las pérdidas que causan dolor, incomodidad o, incluso, indignación. Es ese tercer sentimiento el que surge, a veces incontrolable, cuando se repara en los destrozos que ha sufrido y sufre el patrimonio arquitectónico y artístico de la ciudad de Murcia, que amenazan con seguir su curso a pesar de celebraciones como la llamada ‘Open House Murcia’, remedo de otra Internacional del mismo nombre en la que han participado Nueva York, Londres, Hong Kong, Milán, Melbourne y Barcelona, y a las que la capital huertana pretende compararse.
Lo cual está muy bien: revela una ambiciosa intención de hacer de la ciudad un lugar reseñable a nivel mundial –tal es la categoría del ‘Open House’– arquitectónico y patrimonial. Una aspiración que resultará probablemente fallida a no ser que tenga un sentido brutalista y posmoderno considerando obras modélicas edificios como el Hispania o ese hortera altar a la ludopatía bautizado con referencia homérica.
Al tiempo, los munícipes se entregan al desbarre permisivo, retorciendo normas para adaptarlas y posibilitar reformas dudosas como el surgimiento de terrazas hosteleras supuestamente panorámicas para disfrutar bebiendo un gin-tonic o un ‘Dry Martini’ mientras se respira el aire urbano más contaminado de España.
De esta forma, algunos de los edificios históricos sobrevivientes están en ciernes de cambiar su fisonomía tradicional con la que fueron creados por otra consistente en añadir plantas postizas o alterar significativamente, cuando no destruir sin más, su interior a mayor gloria del capital promotor y el político «innovador». Ya se hizo con el histórico Correos, se está haciendo con la antigua Cárcel Provincial y se pretende hacer con el Arco de San Juan o el Palacio Almodóvar.
Frente al habitual papanatismo de corta, copia y pega, hay quien se toma la molestia de recapitular y recolectar datos para que, al menos, no se pierda en el pozo de la demencia urbanística el recuerdo de lo que fue y podría seguir siendo la capital del antiguo reino. Porque se ha llegado a un punto en que lo único medianamente recuperable son restos arquitectónicos del subsuelo, ya que en superficie poco queda de valor datable solo cien años atrás.
Lo desaparecido, precisamente, es el objeto del ímprobo trabajo de un «aficionado», desarrollado durante más de dos años, para recopilar fotografías o grabados y explicar el mayor número posible de edificios históricos y monumentos caídos en la orgía destructiva de décadas que sacudió, y sacude, la ciudad y la huerta, empeñadas ambas, sin lugar a dudas, en la autodestrucción de su memoria física.
«Para que sirva de escarmiento, para que no siga haciéndose lo que se hizo y para favorecer, en fin, y mostrar una ruta monumental histórico-artística de lo que en Murcia existió, es por lo que publico este libro» (en Amazon.es), dice José Miguel Rubio Polo, un nacido en San Sebastián de sangre aragonesa y afincado aquí desde 1981, en su Prólogo a modo de justificación del libro La Murcia Destruida, guía monumental fotográfica.
«Son 563 páginas, con imágenes de más de 200 palacios, mansiones, conventos, iglesias y otros monumentos destruidos de una Murcia que ya no existe», explica. Repasando las fotos de los edificios desaparecidos, surge el espanto ante la magnitud de la destrucción, que el autor achaca «especialmente a la ignorancia, al déficit cultural, a la falta de sensibilidad histórico-artística que ha sufrido la mayor parte de políticos, especuladores y el resto de la población hasta el siglo XXI». Una maldad colectiva de la que todos nos podemos enorgullecer.
Todo es sabido, lo que no obsta para recordarlo cuantas veces hagan falta. Sin nostalgia, sí con indignación. Porque lo ahora ignominioso es que se siga haciendo, camino de destruir lo poco que queda. Alguien debería preguntarse cómo hubiera sido un ‘Open House’ de esos con los catalogados por Rubio 200 edificios históricos en pie. Mejor que nadie lo haga, no sea que un repentino síncope deje a alguien en el sitio.
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