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Opinión | El retrovisor

Galguerías

Santa Eulalia celebra la fiesta más antigua de Murcia y está presente en la memoria de muchas generaciones

Puesto de venta del tradicional San Blas en la plaza de Santa Eulalia, 1965.

Puesto de venta del tradicional San Blas en la plaza de Santa Eulalia, 1965. / Archivo TLM

«Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales…», escribía Machado, aunque aquí no llueva y la humedad siga haciendo estragos en los mortales cuerpos. Sí, los universitarios también estudian y acuden al campus de Espinardo hacinados en autobuses y tranvías propios de la India más profunda. Eso para los estudiantes capitalinos, ya que los futuros profesionales de pedanías de la costera sur deberán saltar de la cama en la madrugada para asistir somnolientos a las aulas, al carecer de medios de transporte que los acerquen a la docta Universidad.

El tiempo, en su discurrir vertiginoso, nos ha traído ya a febrero, con días de festejos, de pregones y devociones varias. No existe fiesta popular que se precie de ello sin la entrañable presencia de los vendedores ambulantes con sus puestos de venta, ayer iluminados por las luces de carburo y hoy por longevas baterías. Cita que viene a colación por las fiestas en Santa Eulalia y el barrio de la Trinidad, que coinciden con los tradicionales y ancestrales festejos por San Blas y la Candelaria. En el siglo XIV nace la devoción al santo Blas debido a una epidemia de anginas que asoló, con centenares de muertes, sobre todo de la población infantil, a la ciudad. Como agradecimiento al santo obispo se le construyó y dedicó una ermita, haciendo votos el Concejo de acudir todos los años a visitar a San Blas con su corporación en pleno.

La bendición e imposición de las candelas, las que pondrán freno a toses, males de anginas y las enfermedades de garganta, van unidas a la adquisición obligada del tradicional San Blas de barro más o menos emperifollado con vistosos plumajes. La procesión de la Candelaria (patrona de los encendedores del alumbrado de otros tiempos) siempre encontró el espacio festivo entre la singular y doméstica feria que en Santa Eulalia se instala; con carruseles de coches de bomberos en los que tocar la campana; aviones y pequeñas norias; y caballitos y coches de choque que hacían las delicias de la chiquillería, bien abrigados ante los fríos que se dejan caer, asidos a las manos de abuelos, titas y madres que llevaban a las criaturas a disfrutar. Santa Eulalia celebra la fiesta más antigua de Murcia y está presente en la memoria de muchas generaciones. Los puestos de «cascaruja»; la carne de membrillo que iba siempre acompañada de la manida frase: «No comas más que estriñe»; palmito, rollos, manzanas de caramelo, algodón de azúcar y el inevitable puro de rojo caramelo que chupar, en un barrio que ha sabido conservar la esencia de lo murciano.

Compiten las fiestas de Santa Eulalia con la venta de «galguerías» en otros barrios de arraigado murcianismo anclados por tradición al calendario: el clero, siempre goloso, por San Fulgencio, gusta de los deliciosos boniatos en dulce, coronados por la canela y el limón. El arrope y calabazate, el turrón de guirlache y los huesos de santo, van unidos, en noviembre al barrio de San Pedro y la festividad de los Santos Difuntos, o los panes y rollos en el de San Antón, que aportarán a quienes los conserven todo tipo de fortuna.

Febrero tiene como marca las caretas del Carnaval y los confetis, emblemas que sirven para ser añorados. Mes breve, pero cargado de fiestas y celebraciones que sirven como paréntesis urbano en las largas jornadas invernales. Un mes que propicia los recuerdos de una infancia que, aunque lejana, se perpetúa en la memoria de quienes pintan canas y en los que la modesta fiesta en torno a la iglesia de Santa Eulalia ocupa un lugar de privilegio por su sencillez popular y humildad.

Ya se escuchan en la lejanía del monte los ensayos de burlas, cornetas y tambores, provocando la ansiedad de los más nazarenos que cuentan con ilusión las horas que nos acercan a la Cuaresma. Los almendros muestran yemas en sus ramas, muy pronto se abrirán en flor como heraldos de la nueva primavera por llegar.

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