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Opinión | Mamá está que se sale

Abogada

Bienvenida, Señorita Frustración

Sobrevive el niño (y el adulto) que sabe adaptarse

Kelli McClintock/Unsplash

Kelli McClintock/Unsplash

Puedes llamarle «Señorita Frustración», o María Velasco, psiquiatra infantojuvenil. Me ha encantado su charla. Para mí, que soy de la generación que creció con límites y normas y que, como dice el chiste, ahora sufro un efecto secundario llamado educación, ha sido un alivio que alguien «que ha estudiáo» me dé la razón en lo que vengo diciendo de que quien no respeta al padre, no respeta al policía.

A los niños hay que enseñarles a frustrarse. Por su bien. Porque en la capacidad de saber frustrarse está la posibilidad de sobrevivir. Nacemos con un narcisismo innato en nosotros, ya que empezamos un viaje desde el útero materno, donde no tenemos necesidades, a un mundo en el que hay hambre, ruidos, frío. Hay que aprender a tolerar la frustración y a crecer en la adversidad, y no entender como malo todo lo que nos hace sentir mal.

La tristeza o la rabia nos enseñan cosas de nosotros mismos que nos permiten adaptarnos a la vida. Si un bebé sobrevive porque su madre le cuida, un niño sobrevive porque se adapta. La adaptación es el secreto.

Hay que interiorizar que no vivo los días para ser feliz, sino para estar lo más adaptado posible, precisamente, para sacar las mejores posibilidades en mis circunstancias, teniendo una visión más realista de adónde puedo llegar, qué me pueden dar los demás y qué cosas no, qué les puedo agradecer. En otras palabras, cómo puedo vivir en el mundo real.

Todos tenemos un mundo interno, pero también está el externo, el de la vida real. El equilibrio entre ambos nos lo facilita la capacidad para frustrarnos. Si no lo logramos, viviremos demasiado en ese mundo interno, en nuestro yo. La intolerancia a la frustración es una de las características de los trastornos de personalidad. Ese desajuste ocasiona un sufrimiento terrible, porque están muy desajustados a la vida real, y eso les hace no ser capaces de tener relaciones humanas, de trabajar, de adaptarse. Por eso es tan importante enseñar a los niños a frustrarse, de forma progresiva y gradual, con deportividad.

Aquí abrimos un melón, cuando frustrar al niño se confunde con maltratarle. Como si decirle a un niño «no», «espérate» o «no puede ser» fuese a traumatizarle. La señorita frustración (no lo digo yo) habla de la ligereza con la que se habla de esos traumas, precisamente por lo grave que es un trauma cuando se presenta de verdad. Poner límites no es causar un trauma. Y punto.

No aprendemos solos a frustrarnos, igual que no aprendemos solos a ser empáticos. La empatía es una capacidad que tenemos todos, pero nos tienen que enseñar a desarrollarla, porque, de otro modo, nos va a dar igual el otro, le vamos a convertir en un objeto que sacia nuestras necesidades. Hay que poner límites de hasta dónde se puede llegar, porque estamos nosotros, porque está el otro, porque están los demás. La frustración y la empatía son la puerta de entrada a muchas capacidades que harán de nuestros hijos personas mejores para el mundo, pero sobre todo para ellos mismos. Como dice la señorita frustración, les enseñará a adaptarse a vivir en el mundo real. 

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