Opinión | El retrovisor
La magia de una noche

El niño Alberto Castillo con el Rey Gaspar, a las puertas de Almacenes Coy, años 60. / Archivo Alberto Castillo
La ilusión contenida está a punto de hacerse realidad. Todo un año de espera para una noche inolvidable. Niños, maduros y ancianos, vuelven a sentir en sus estómagos el gusanillo de los nervios ante la llegada de los Reyes de Oriente. Esos señores barbudos, Melchor y Gaspar, junto al símbolo de la integración racial tan de moda en estos tiempos: Baltasar. Lo que demuestra que siempre estuvieron integrados pese al subdesarrollo y la necesidad económica de otros días.
Creo que debo de ser de los pocos que jamás posaron para el fotógrafo junto a algún rey de larga barba a las puertas del Bazar Murciano, Galerías Preciados o La Alegría de la Huerta. No como mi apreciado Alberto Castillo Baños, ex presidente de la Asamblea Regional, que luce espléndidas fotos de la niñez sentado en las rodillas de los ansiados reyes del Oriente en las redes sociales. No lo negaré, siento sana envidia, ante tal recuerdo.
Mis cartas a los reyes eran extensas, de diez o doce folios, adornadas con todo tipo de sutilezas, que recogían mis añoranzas por los juguetes de moda: el cine Nic, un fuerte del Fart West; un Colt 45, un juego de química de Cheminova, los Juegos Reunidos de Geyper, los coches de hojalata y los trenes eléctricos de Rico y Payá, el Meccano y el ansiado y novedoso Scalextrix que ya poseía, traído allende las fronteras, mi buen amigo Joaquín Balibrea Gil, hoy, dando la vuelta a España a pie con meta en Santiago de Compostela.

El niño Alberto Castillo con el Rey Gaspar, a las puertas de Almacenes Coy, años 60. / Archivo Alberto Castillo
Aquellos extensos manuscritos, plagados de peloteos hacia sus majestades, así como todo un alarde de mi buen comportamiento a lo largo del año, no sirvieron para nada, ya que Sus Majestades, haciendo uso de su autoridad, me obsequiaban lo que les daba la real gana dando al traste con mis ilusiones: un caballo de cartón o aquel maldito y duro balón de reglamento que hizo sangrar copiosamente mi hueso frontal en un remate de cabeza en el pasillo de casa.
Entonces los Reyes Magos venían en camello, ignorando los caballos barrocos, tan del gusto de don Francisco Salzillo. Se hacían acompañar sus majestades por multitud de pajes y palafreneros. Tan numeroso cortejo suscitó en el niño que fui graves preocupaciones a la hora de dejarles un tentempié, con la oculta intención de que se mostraran generosos. Mis progenitores aprovechaban el momento para sacar la botella vieja de anís, ya caramelizado; el cognac que no se bebió el lechero y agua, mucha agua; cordiales duros como piedras, mendrugos y algún puro en desuso, provocando con ello la polémica debido a mi interés por la alfalfa, un buen plato de fiambre en el que no faltara la mortadela, y algún paquete de Chesterfield para los Magos, algo que les haría más llevadero su viaje de regreso por Alcantarilla (siempre se dijo que volvían a sus reinos por Alcantarilla).
Inolvidable fue aquella noche en la que mi ilustre y querido pintor José María Párraga, vestido de rey Gaspar, tocó el timbre del portal (aún no se habían inventado los vídeo porteros) en aquella madrugada de Reyes de los años sesenta. Traía en un saco, como presentes, pequeños toritos y caballos de cartón del artesano Mirete, provocando toda una revolución en la que no faltaron las gotas de Coramina para paliar el susto de infarto recibido ante la inesperada visita a deshora.
Hoy, un año más, me iré a la cama con el sol de poniente, tratando de acelerar así la llegada de Sus Majestades de Oriente, la de mi querido rey Melchor, al que envié un email a la eternidad, con tan solo una egoísta petición: que nunca, a pesar del paso de los años, me falte la ilusión de una noche como la de hoy. Así siempre me quedará un halo de feliz inocencia con la que soportar este absurdo mundo.
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