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Opinión | Luces de la ciudad

Hoy no

Vamos a dejarnos de chorradas, envejecer es una putada

Aron Visuals / Unsplash

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No sé si deprimirme porque estoy en los sesenta y tantos, o sentirme afortunado por haber llegado hasta ellos. Como si no tuviera otra cosa en qué pensar. 

El caso es que, esta mañana, repasando las noticias y los artículos del día, alguien menciona en uno de ellos las distintas etapas biológicas que experimenta el ser humano a lo largo de la vida, y la última de ellas -60 años en adelante-, la define como vejez o ancianidad. Y no es que no supiese este dato, pero hoy en concreto, ser reconocido técnicamente como un viejo o un anciano me ha sentado como una patada «ahí mismo»

Creo que finalmente voy a optar por deprimirme. Sí, sí, ya sé todo eso de que la edad está en la mente, en la actitud y que con los años se adquiere experiencia y sabiduría, que evolucionamos emocional y espiritualmente, y que la vida se ve desde otra perspectiva, pero vamos a dejarnos de chorradas, envejecer es una putada. 

Me parece escuchar la voz de mi buen amigo José María decir: «No te preocupes, todavía estamos en ese periodo llamado senectud que corresponde a la primera fase de la última etapa de nuestras vidas». Y la mía contestando: «Ah, vale. Me dejas más tranquilo».

Evitaré ponerme folklórico y añadir más tragedia al asunto, pero ya venía yo barruntando algo desde que las conversaciones con amigos o conocidos de mi generación siempre comienzan poniéndonos al día de todas nuestras enfermedades, achaques y malengues. Entonces, echo el oído atrás y compruebo lo lejos que quedan aquellas conversaciones de la niñez sobre juegos, la escuela y las ganas de hacernos mayores; de novias, borracheras y retos para el futuro, de la juventud; y aunque más cercano, de los hijos y el trabajo en la madurez.

Es cierto que la vejez es un grado en la mayoría de las culturas -me viene de repente a la cabeza los Consejos de Ancianos de las tribus indígenas-, y que son muchos los que la esperan con agrado dispuestos a disfrutar del tiempo libre y de una vida sin presiones. Al contrario, a otros tantos, les cuesta asumirlo y luchan contra los efectos naturales de la edad, principalmente, con soluciones médicas y cosméticas, vamos, lo que se ha dado en llamar toda la vida un buen recachute, aunque algunos de ellos queden «pa» matarlos. Allá cada cual, yo casi que prefiero seguir deprimido.

Espero que mañana se me haya pasado el berrinche y vuelva a ser ese tipo sin perjuicios e ideas preconcebidas sobre el envejecimiento, que disfruta del momento y que se siente encantado con su vida, con su edad y con su condición de abuelo Cebolleta. ¡Pero hoy no!

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