Opinión | Horizonte de sucesos
Imágenes, duelo, tiempo y memoria
Miguel Ángel Hernández se descubre a sí mismo a través de sus reflexiones sobre arte
Miguel Ángel Hernández, novelista y profesor de Historiador de Arte, consigue, en ocasiones, que concurran en sus obras lo autoficconal y lo ensayístico. En sus novelas es donde más se puede observar esta confluencia en la que una velada narrativa del yo se vale de lo artístico para crear un relato fascinante pero al mismo tiempo fecundo en reflexiones sobre el poder de las imágenes, el paso del tiempo, el duelo o la inestabilidad de la memoria. Ahora, en su nueva recopilación de ensayos y narrativas titulada Yo estoy en la imagen (2024) parece ofrecernos la cara de la otra moneda, y a través de sus reflexiones sobre arte visual podemos descubrir también algunos aspectos del escritor, del propio autor, cuya imagen queda atrapada y reflejada en sus escritos.
Hernández presta atención a nuestra responsabilidad como receptores de ingentes imágenes que nos saturan. Si vivimos en un mundo totalmente mediatizado por lo visual qué duda cabe de que somos nosotros, los consumidores de imágenes, los responsables en última instancia de filtrar emocionalmente esas «fuerzas invisibles que supuestamente nos adormecen y nos inmovilizan». Habla Hernández de un compromiso que va más allá de lo estético, que deviene necesariamente ético. Pero, ¿dónde están los límites de lo moral cuando hablamos de arte? Hernández nos plantea dilemas complejos a través de fotografías que se toman a difuntos o vídeos que se graban a moribundos. ¿Hasta qué punto es lícito mostrarlos, convertir la muerte en exhibición, en mercancía? Lo visual, nos recuerda que escribió Jameson, es básicamente pornográfico, y quizá haya que encontrar un equilibrio entre lo que no se muestra, lo que se muestra y cómo es mostrado.
En estos ensayos, como decíamos, juega un papel importante lo autobiográfico, porque el narrador es novelista y ha convertido parte de sus ficciones en reflexiones en primera persona, y viceversa. Así, lo teórico y lo biográfico se amalgaman y nos incitan a rastrear la línea que separa el arte de la vida, la imagen real y el escrito de ficción. Además, la mirada altera el sentido de la imagen, como se desprende de uno de los ensayos dedicados a Bellatin, en el que se comenta un libro inexistente pero que fácilmente podría haber firmado el autor de Disecado, ya que en él fluctúan los significados y los significantes respecto a imágenes de textos ilegibles y relatos de imágenes borrosas.
A propósito de los dibujos negros, de Javier Pérez, Hernández compone un texto entre lo ensayístico y lo lírico, en el que la oscuridad se constituye materia, densidad que el artista (y el espectador) ha de atravesar, abrir en canal. Porque lo que interesa al autor de estos ensayos, más que la propia materialidad de la imagen, es su potencia emocional, su punctum barthesiano. También el envés, como si la fuerza de la luz que ilumina un retrato o un dibujo o una fotografía se justificase en su reverso: los huecos, las oscuridades como metáforas de la nada; el borrado, símil de la erosión de la memoria; un daguerrotipo, que a día de hoy es un anacronismo que puede luchar contra el tiempo, subvirtiendo la temporalidad.
Miguel Ángel Hernández escribe bajo el influjo de Walter Benjamin y de Roland Barthes, pero sobre todo traza su propio itinerario biocultural y estético, con unos textos marcados por un estilo limpio y un pensamiento agudo. En este libro, los que no sabemos nada de arte, logramos intuir que las imágenes son máquinas para viajar en el tiempo, para imaginar el futuro o para recomponer el pasado. Porque el pasado (y por tanto, la Historia) existe tan solo como flujo de imágenes, artificios que la memoria se afana en construir pero que gracias al arte de la imagen hemos podido dotar de sentido.
En el tramo final del libro se recogen algunas ficciones atravesadas por lo autobiográfico, la ciencia ficción y el arte, relatos que sirven para explorar algunas obsesiones del autor de un modo más libre y alejado de academicismos.
Miguel Ángel Hernández escribe con fluidez, se desnuda en cada texto y logra acercar conceptos de la filosofía del arte al lector común. Este libro se lee con fruición, porque el autor se emociona y trasmite sus afectos en cada uno de los textos. Textos conmovedores pero fértiles en ideas. Un viaje emocionante a través de las imágenes, de la vida, la muerte y la memoria.
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