Opinión | Achopijo
Funcional
Tres meses de entrenamiento para coger la llave del coche cuando se te cae

Janne Aspegren / Unsplash
El otro día se me cayó la llave del coche. Salía con prisa con los dos móviles, las llaves, un botellín de agua y con el escorzo clásico cuando aparcas pegadico al de al lado y tratas de no hacer un estropicio. Así que metí la cabeza por el hueco, saqué una pierna y metí barriga para salir en plan Duplantis por el huequecico que queda. Iba perfecto. Pero al terminar de superar la puerta y girar, abrí un poco de más la mano con la que me apoyaba en el dintel, en la que llevaba un móvil y llave del coche… y la llave se me escurrió. La vi rebotar en el cristal de la ventanilla, en mi muslo izquierdo y caer hacia mi pie. Mi alma de futbolista técnico que sabe controlar una naranja cuando se la tiran hizo que quisiera controlar la llave con el empeine de la zurda.
Repasemos. Escorzo saliendo de la puerta entre dos coches, en el garaje de mi casa. Medio día. Hambre y ganas de llegar. Cabeza fuera. Torso saliendo del coche, sin rozar al de al lado, botellín de agua en la otra mano y la llave a unos centímetros de mi zurda tras golpear en el cristal. Rabillo del ojo y lanzo el látigo interno con intención real de controlar la llave y dejarla en mi pie. La busco y llega. Llega. Voy a poder… La toco con casi la puntera del pie y pienso rápidamente que voy a conseguir pararla y dominarla. Menudo vídeo de TikTok si me estuviera grabando la cámara de seguridad. Pero no. La llave se gira un milímetro y al tocar con mi control perfectamente lanzado al pie, se desvía hacia abajo, fuera de mi alcance por un par de centímetros. Cae al suelo. Mi escorzo se desequilibra un poco y salgo casi entero del Kia Sportage. La puerta sufre. Y la llave, para gloria de Murphy, toca el suelo y sale despedida hacia debajo de mi coche. La escucho deslizar un segundo eterno. Se para y sé perfectamente que está en el mismísimo sitio más alejado de todos los puntos. En el centro del centro del puro centro bajo mi coche.
Suspiro. La vida. Cierro los ojos. Respiro. Apoyo y termino la operación de salida. Salgo. Cierro la puerta. Salgo del cajón entre los dos coches. Dejo los móviles. Abro el botellín de agua. Bebo agua. Lo dejo en el capó y miro a mi alrededor. Son las 14:44 horas. Doy la vuelta al otro lado, ya que la columna del garaje me deja cierto espacio para agacharme y ver dónde está la llave. Justo donde sabía que iba a estar. Pienso en sacar el paraguas del maletero… Pero, rápidamente, recuerdo que estoy ya tres meses yendo al gimnasio, donde hago una cosa que se llama entrenamiento funcional. No controlé la llave, pero me agacho casi para hacer un burpee, estiro mi pierna como esa llave de artes marciales que barre al enemigo, y la estiro hasta el centro del core del bajo de mi coche buscando conectar de nuevo mi zurda con la llave. Al segundo intento la controlo. La acaricio con la puntera y la atraigo despacio hacia afuera. Saco la llave sin demasiado esfuerzo. Es mía. El triunfo de la semana. Tres meses de entrenamiento para coger la llave del coche cuando se te cae. Funcional. Gracias, Ohio. Vale.
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