Opinión | Horizonte de sucesos
Otra forma de ver la realidad
La capacidad para fabular de César Aira no solo se encuentra en sus novelas, sino que es en sus ensayos donde con mayor intensidad brilla. Aira, autor prolífico y por tanto irregular, de vez en cuando nos regala a sus lectores uno de sus mejores libros. Ideas diversas, recién editado por Blatt & Ríos, es una recopilación de textos breves (de varias líneas algunos; de dos páginas, el más largo) en los que su autor alterna ocurrencias, ideas originales, reflexiones sobre literatura, lo digital, la lectura, el arte contemporáneo, su propia obra, anécdotas, microrrelatos, comentarios sus autores predilectos, el tiempo, la sociedad… los temas son inagotables. La literatura de Aira, como la obra de Duchamp, responde a lo accesorio, a lo inmediato. Este libro, en concreto, es como un ready-made compuesto con «objetos» que están ahí, a la vista de todos, pero que bajo la visión incisiva de Aira cobran la forma de piezas literarias. Por ejemplo, su original mirada se despliega con luminosidad cuando escribe sobre fotos antiguas, cuando critica el poder de la Verdad («en la mentira y lo falso está la creatividad de la lengua frente a la realidad»), la necesidad de no votar para ser democrático o sobre cómo las «superficies vidriadas» de las ciudades las duplican y alteran.
La escritura de Aira, a la fuerza de ser concreta, de concentrarse en temas muy singulares y específicos (por ejemplo, las barbas de los hombres o el cine puro de Warhol), acaba por ser abstracta. Aira, de hecho, al hablar de la pintura abstracta, admite su cualidad de obra inacabable, casi infinita, libérrima. Lo mismo se puede decir de sus ‘ideas diversas’, que podrían acabar en cualquier punto o extenderse hasta mil páginas.
Sobre su obra propia también desliza algunos comentarios y sobre todo acerca de sus referentes: Roussel (relatos asimétricos), Kafka (poseedor de un realismo irreal), Lamborghini («primero publicar, después escribir») o Duchamp (adulto que juega con las ideas de un niño). La obra de Aira es también naif, inteligentemente infantil (él mismo ha explicado que pasó de los cómics a Borges). Cuando escribe, confiesa en este libro, lo hace como los niños, sin utilidad, desvinculado por completo de cualquier intención pragmática. Aira es un escritor puro, que defiende la calidad por encima de todo, y de hecho se queja de que ésta pase desapercibida en los análisis teóricos. Defiende el libro como objeto y llega a sostener que aquellos que usan dispositivos digitales lo hacen llevados por «la desesperación, la angustia más profunda».
Aira, como él mismo explica, no es ni quiere ser un escritor realista: la realidad no le interesa. Sin embargo, en este pequeño libro condensa ideas tan originales como agudas, tan precisas y acertadas como alocadas y disparatadas. Su visión de la realidad es mordaz, inteligente y sobre todo distinta. Como si fuese capaz de descubrirnos en lo más cotidiano y banal un mundo deslumbrante y repleto de matices. Es un pez contracorriente, porque como escribió Javier Cercas «toda literatura genuina es antiliteratura».
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