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Opinión | Dulce jueves

@enriquearroyas

Amistad

Me gustan muchos tipos de libros, pero algunos de los que me fascinan son los libros pequeños que despiertan el deseo de atrapar las pequeñas cosas

La periodista y escritora estadounidense Vivian Gornick.

La periodista y escritora estadounidense Vivian Gornick. / MITCHELL BALL

Me ha gustado mucho un libro de Vivian Gornick, La mujer singular y la ciudad. Trata de la amistad de una forma que nunca había pensado. Ella tiene un amigo, soltero y singular como ella. Quedan para pasear y tomar café una vez a la semana y conversar. 

Y así empieza el libro, con uno de esos cafés. Las conversaciones que se reproducen son apenas fragmentos, instantes que permiten imaginar la complicidad que hay entre ellos, la mutua comprensión. Sus encuentros van pautando toda la historia y concentran los mejores momentos a la vez que dan pie a las reflexiones más profundas. Una de ellas me ha hecho pensar: «La conversación siempre se volverá más profunda, incluso si la amistad no lo hace». No sé lo que significa, pero de alguna forma me intriga, como si encerrara algún secreto sobre la amistad que no sé explicar, pero que siento que es verdad. Quizá solo es una frase. 

Me gustan muchos tipos de libros, pero algunos de los que me fascinan son los libros pequeños que despiertan el deseo de atrapar las pequeñas cosas: el placer de una conversación, un café en un lugar refugiado del frío, abrir un cuaderno y escribir, una cerveza a la salida del cine. Este es uno de ellos. Siempre son buenos tiempos para la amistad

Cómo nos llena el alma una conversación con un amigo. Vuelve uno a casa ligero como el aire, mirando al atardecer cómo el cielo se vuelve de color lila entre las ramas desnudas de las moreras. Parece la primera vez que lo vemos. Después de uno de esos encuentros, casual o largamente esperado, el olor del otoño de las tardes cálidas en el centro de la ciudad nos aprieta el corazón, cuando todavía lo llevamos rebosante de palabras, miradas, gestos de complicidad.

En el reverso de la amistad está la soledad, el miedo a quedarse solo o a ser nosotros quienes supliquemos la compañía. Todas las historias del libro de Gormick tienen en el fondo esa confrontación con la soledad. Porque la amistad puede ser, al fin y al cabo, una reparación de soledades, como la escritura, como la conversación, una oportunidad para mirar y ser mirados en los «momentos del ser» de los que hablaba Virginia Woolf, insuflándonos mutuamente vida en el silencio, para seguir adelante sin desfallecer, sin dejar de estar expectantes ante la vida, en medio del camino. La narradora nos descubre la paradoja de la amistad, como si fuera un lugar vivo que atraviesa el aislamiento, la soledad y el egoísmo. Como algo que naciera a pesar de sí mismo, tuviera vida propia, se alimentara por su cuenta y a nosotros solo nos quedara reconocerlo cuando nos lleva hacia la frontera de nosotros mismos. 

Quizá lo que quería decir Gormick en aquella enigmática frase era que en la vida siempre hay que estar abierto a los fenómenos imposibles, porque todo en la vida está sometido a cambios imprevisibles, a revelaciones insospechadas si prestamos atención a las cosas más ligeras, como una conversación en un café o un paseo sin rumbo con un amigo.

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