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Opinión | La balanza inmóvil

Magistrado

El espectáculo

Nadie se cree que Puigdemont no fue detenido para evitar un altercado de orden público. Como si la policía no supiera actuar en estos casos

Carles Puigdemont reaparece en Barcelona tras siete años fugado.

Carles Puigdemont reaparece en Barcelona tras siete años fugado. / EFE

El domingo hará un mes del espectáculo más bochornoso jamás imaginado. Ríase usted de Got Talent. No he visto en mi vida un ridículo más sorprendente que la tocata, discurso y fuga, con sombrero de paja y en el asiento de atrás de un coche, de Puigdemont. Ahora me ves, ahora no me ves. 

Anuncio que voy a ir. Preparo el escenario con atril y todo. A la hora que dije, me dirijo por las calles de Barcelona, a cara descubierta, acompañado de fieles y guardaespaldas (mossos). Suelto mi discurso, y mi abogado chileno (el mismo que fue condenado por la Audiencia Nacional en 1996 a 14 años de prisión por colaborar con ETA en el secuestro del industrial Emiliano Revilla y que, en diciembre de 2020, fue procesado por un presunto blanqueo de capitales para el narcotraficante Sito Miñanco), me saca del brazo a la orden de «vamos», como si de un Alcaraz triunfante se tratase. Todos esperaban que fuera al Parlament. Pero se esfuma. Espectáculo increíble, y si no fuera porque esto es la España actual, me parecería extraño que se fugara a la vista de todo el mundo y nadie haga algo para detenerlo.

A aquellos que desean hacer oposiciones a policía, les aconsejo que echen la instancia a los mossos, que el nivel no debe ser muy alto. Pero la realidad es que no es así, pues eso tendría arreglo. Lo malo es que cumplieran órdenes de más arriba. Su excusa era que confiaban en que Puigdemont se iba a entregar. Ese no va a ir a la cárcel si no lo llevan a la fuerza. No es un Junqueras que da la cara. Ese es un prófugo que vive a costa de su teoría independentista, y que aún siendo de derechas, se alía con las izquierdas para votar. Dijo un mosso que lo seguían con un dron y después a pie, pero un semáforo en rojo hizo que lo perdiera de vista. Increíble. Las instrucciones, al parecer, eran las pactadas para que no fuera a la cárcel. Nadie se puede creer que no se le detuvo para evitar un altercado de orden público. Como si la policía no supiera actuar en estos casos. Nadie se cree que confiaban en la palabra de un prófugo de la justicia. Y, finalmente, nadie se cree que no fuera una obediencia debida.

Ahora bien, no se puede olvidar que esa obediencia quiebra desde el momento en que una orden es ilegal. Toda persona al servicio de un órgano o ente público está obligado/a a obedecer las órdenes particulares, instrucciones o circulares de su superior jerárquico, sea o no inmediato, salvo que tengan por objeto la realización de actos evidentemente extraños a su competencia. Y en este caso, el único competente para dar esa orden es el mismo juez que mandó su detención en su día. Ni el jefe de gobierno, ni ministros, ni el jefe de los mossos, ni siquiera el rey, ni el mismísimo Papa, son competentes para intervenir. En un Estado de derecho la orden de un juez debe cumplirse por las fuerzas del orden público (policía judicial) sí o sí. Lo contrario es lo que ha pasado, un espectáculo triste, bochornoso y denigrante. Les confieso que fui tan inocente que pensé que era una estrategia de la policía para llevarlo a escondidas hasta Madrid.

Pero no pasa nada. Ni el ministro de Interior, ni la de Defensa (ambos ex jueces) dimiten, ni dan explicaciones. El marrón se lo comen otra vez los mossos. El presidente del Gobierno se va de vacaciones sin decir ni pío. Solo que se está persiguiendo ilegalmente a su familia por otro juez. Total, porque se le da una cátedra a alguien que no ha pisado nunca la universidad como alumna y menos como profesora. O que su hermano tiene un despacho público al que ni va, ni se le espera. Estos jueces que le dan por investigar tonterías sin importancia, en contra de la opinión del fiscal general del Estado, es que no tienen arreglo, y además se les acusa de delincuentes.

Lo dicho, un espectáculo, la tocata y fuga (entrada y salida) de Puigdemont en territorio español ayudado por dos mossos, un abogado y algún político. No me extraña que aún se esté riendo en Waterloo, pues recorrió 1.323,8 km sin que lo pillaran, a pesar de las ‘operaciones jaulas’ que dicen se llevaron a cabo. Claro, que no se contaba con que un semáforo se pusiera en rojo. Él fue el culpable. 

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