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Opinión | Dulce jueves

@enriquearroyas

Llueve en Macondo

Cien años de soledad y Rayuela eran dos novelas fundamentales para la juventud de aquella época, cuando ya llevaban publicadas más de una década

Ilustración de Luisa Rivera para una edición de 'Cien años de soledad'.

Ilustración de Luisa Rivera para una edición de 'Cien años de soledad'.

Ha sido lo más asombroso que me ha pasado este verano. La lectura de Cien años de soledad. También una tarde, paseando por la playa, al dar la vuelta al pico de la bahía, me encontré con un sol enorme, blanco y redondo, que estaba a punto de desaparecer detrás de las montañas, pero que aún permanecía quieto, derramando su luz de plata sobre el mar. Era tan extrañamente blanco que me pregunté si sería la luna. Eso vi. También estuve en Basilea, una ciudad sin coches, solo peatones, tranvías y bicicletas cruzándose como peces bajo el agua en silenciosa armonía. Allí me zambullí en el agua suave y cristalina y me dejé arrastrar por la corriente del Rin de puente a puente. Eso también fue una experiencia asombrosa, pero no tanto como las tardes leyendo las desventuras de la familia Buendía, la tierna y desalmada estirpe y su sino solitario.

En realidad era una relectura. Lo había leído ya al final de la adolescencia, hace cien años, pero no me acordaba de nada. Entonces la leí junto a Rayuela, también en verano. Las dos novelas estaban en la habitación de mi hermana. Todavía puedo sentir en los dedos el tacto de sus tapas verdes de tela. Eran dos novelas fundamentales para la juventud de aquella época, cuando ya llevaban publicadas más de una década. Me gustaron las dos, pero fue la de Cortázar la que sentí más cercana, porque con ella parecía tomar el pulso de mi vida. Por eso quedó como un mito en aquellos años en los que buscaba una forma de estar en el mundo. 

Las dos hablan de fracasos y soledades. Cien maneras de experimentar la soledad y siempre por ausencia de amor. Son profundamente melancólicas, pero la derrota en París y Buenos Aires parecía menos dolorosa que en la ciénaga caribeña. Creo que mientras Rayuela es una historia para jóvenes, Cien años de soledad lo es para viejos. Rayuela es un juego que vuelve a empezar cuando termina, por eso dentro de su desesperanza, su estructura laberíntica, donde el tiempo va y viene y se desdobla, nos mantiene en la ilusión de revivir los momentos de plenitud. En la novela de García Márquez, en cambio, ya no hay segundas oportunidades. El tiempo termina, y termina mal después de una existencia en la que los prodigios son tan desaforados que su brillo ciega. Si llueve sobre Macondo durante cuatro años, once meses y dos días, a continuación vendrá una sequía todavía más larga. El destino está tan fuera del alcance de la comprensión de las personas que se confunde la belleza con el espanto. Y de la mezcla de ambos surge la verdad. Para empezar a entender eso hay que haber vivido ya mucho. 

Mientras la leía ahora en estas largas tardes de verano no sabía si reír o llorar en ese estado de asombro y quietud en el que te deja la lectura perfecta, plenamente consciente de las palabras, la experiencia, el cuerpo, la emoción y el tiempo; detenido en el presente, como el enorme sol blanco quieto sobre la bahía, y discurriendo en todas las direcciones y todos los sentidos hacia los que la vida nos lleva.

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