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Opinión | Olvido y memoria

Arte en La Alberca

"Por su paisaje o por la proximidad de Murcia, los artistas, sensibles a la vecindad de la naturaleza, encontraron en La Alberca de las Torres, el acomodo perfecto de sus viviendas y estudios"

Quizá sea por la cercanía cómoda de la serranía, la que los murcianos llamamos grandilocuentemente la cordillera; unos montes amateurs poblados de majestuosos pinos, en algunos casos parasitados por la vivienda del hombre en busca del natural ozonopino. Por ello, por su paisaje o por la proximidad de Murcia, los artistas, sensibles a la vecindad de la naturaleza, encontraron en La Alberca de las Torres, y en las otras pedanías al pie de las estribaciones montañosas, el acomodo perfecto de sus viviendas y estudios. Al otro lado, al sur, el paisaje seco que llamamos ‘lunar’ se desparrama hasta los mares; el Mediterráneo y ese oasis del Mar Menor, la mar chica. 

A la Alberca regresó Juan Bonafé, a la casa de su madre doña Magdalena Bourguignon, con Adela Gummá y la hija de ambos, Juanita, tras el periplo y tránsito de Montauban, en Francia. Cuando la abuela supo del nacimiento de su nieta, plantó un eucaliptus al fondo de la parcela, ni jardín, ni huerto. Adela tocaba y daba clases de piano al vecindario y el pintor lo retrataba o transitaba el Valle para sus hermosas acuarelas o sus óleos encendidos de vega; luego, bodegones domésticos de espectacular factura. 

Aquí, en La Alberca, recibió la familia la visita de Ramón Gaya en el 62, estancia prolongada por algún tiempo, con el intercambio de arte que puede suponerse. En la cercanía del Verdolay se asienta la casa de los Albacete y uno de ellos, Alfonso, arquitecto y excelente pintor, hoy, maestro ya y entonces adolescente, acudía al estudio de don Juan a recibir clase y consejo artístico. El muchacho en agraz pintó un óleo y lo firmó con grandes caracteres; el maestro lo corrigió: «Recuerda, Alfonso, que Las Meninas, de Velázquez, no están firmadas». En la subida a Santa Catalina, tuvo casa Antonio Medina Bardón.

En la calle Fuensanta, una de las del Verdolay, el maestro Gómez construyó su casa y la llamó ‘Teresa’, en guiño a su esposa; fueron los padres de Antonio Gómez Cano que heredó la bonita vivienda y la habitó en esa intermitencia del artista en su ir y venir por el mundo, por los dolores de la vida y los estruendos del espíritu. La Alberca y Gómez Cano fueron indisolubles. Su hijo Juan Francisco pintaba en el semisótano.

Unos pocos metros más allá, Elisa Séiquer modelaba en su casa paterna, escoltada por una gran mimosa de flores amarillas; al otro lado de la cuesta del Valle, en Vistabella, México Larrosa componía acuarelas con Bonafé al fondo de su retina. Hoy, Vicente Martínez Gadea y Chelete Monereo, pintores sobre todo; Severo Almansa, grande en la línea, o Juan Ballester, el ilustre fotógrafo, componen y completan una nómina, entre otros, que impresiona en el recuerdo permanente.

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