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Opinión | LA FELIZ GOBERNACIÓN

El llanto de los tenistas

El oro puede esperar. De momento, la plata ya está apestillada

Carlos Alcaraz besa su medalla de plata.

Carlos Alcaraz besa su medalla de plata. / AFP7 vía Europa Press

Decía Luis Aragonés que al segundo clasificado no lo recuerda nadie. Pero eso es en el fútbol ordinario. En los deportes olímpicos queda memoria hasta del tercero en discordia. Un tenista murciano ha conseguido la plata, y llora. También llora el que ha alcanzado el oro. El uno por perder la final, a pesar de todo; el otro por haberla ganado de chiripa.

Si no eres murciano, el resultado hasta te puede parecer justo, más allá del mérito, pues quien se llevó el oro difícilmente tendría otra oportunidad pasados cuatro años, mientras el de la plata es joven y dispondrá de muchas ocasiones para hacerse con él. Pero la juventud no tiene espera; lo quiere todo ya. De ahí las lágrimas amargas.

El exceso de expectativas, aunque en este caso estuvieran fundadas así como ratificadas por la calidad del juego, suele conducir a la decepción. Pero, si pasamos el suceso a limpio, no hay motivo. Una medalla de plata no es algo común. Cuando en Barcelona Antonio Peñalver la ganó en decatlón fue celebrado, en Murcia desde luego, pero también en toda España, como un héroe griego. El tenista de El Palmar también lucirá de por vida esa hoja de laurel. El oro puede esperar. De momento, la plata ya está apestillada.

En las lágrimas de los tenistas se revive el espíritu olímpico verdadero, tan machacado por tantas cosas. Nunca se les ha visto exhibir sus emociones de esa manera cuando uno y otro han ganado o perdido finales en campeonatos cuyo premio no era una medalla sino una bolsa bien repleta de miles de euros. Sin embargo, en los Juegos, donde la recompensa en metálico es simbólica para sus respectivos cachés, les importa exclusivamente la gloria deportiva. Las lágrimas de los tenistas nos reconcilian, de alguna manera, con una idealidad perdida.

No son máquinas perfectas producto de entrenamientos intensivos, casi esclavistas. Los héroes también lloran.

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