Opinión | Luces de la ciudad
Estoy muy tranquilo
He oído por ahí que el 30% de la población tiene miedo a ir al dentista. Por lo visto, es algo más común de lo que pensaba

Europa Press
Cuando un latigazo procedente de la zona molar atraviesa el interior de nuestra cabeza como una descarga eléctrica y golpea con toda su ira sobre nuestro cerebro, qué sería de nosotros sin los calmantes y/o un dentista a mano. Un simple, pero horrible, dolor de muelas puede cambiar nuestra vida en unas milésimas de segundo, e incluso hacernos recordar el santoral completo y actualizado.
Creo innecesario aclarar que, ante el tema elegido, tengo una visita al dentista en ciernes, y no precisamente para una revisión rutinaria, por lo que podría decir que me siento un tanto ‘inquieto’.
Ya desde niño, sin haber sufrido ninguna experiencia traumática previa, que yo recuerde, profeso una profunda fobia hacia esta ilustre profesión. Conste que no es nada personal, incluso tengo algún amigo dentista, por la cuenta que me trae; pero, ¡qué trabajo me cuesta acudir a una clínica dental! aun siendo consciente de que tras las primeras molestias será inevitable y que retrasar ese momento tanto como sea posible, como suelo hacer yo, solo conduce a empeorar todavía más la situación.
He oído por ahí que el 30% de la población tiene miedo a ir al dentista. Por lo visto, es algo más común de lo que pensaba, sin embargo, a muy pocos escucho manifestar sus temores ante este hecho, al contrario, siempre que oigo hablar a la gente sobre sus experiencias odontológicas lo hacen con una naturalidad pasmosa, como si hablaran de ir a comprar el pan, pero yo, malpensado de mí, imagino que la procesión debe ir por dentro.
Llega el ineludible día D y la fatídica hora H. Y ya en la sala de espera, al intentar relajarme solo acude a mi mente el conocido chiste en el que un paciente, cuando escucha el rugir del instrumental rotatorio, agarra por sus ‘partes’ al dentista y le dice: «no nos vamos a hacer daño, ¿verdad?». Pero como en un mal sueño, esta imagen se va difuminando para dar paso a la figura de Laurence Olivier, en el papel del doctor Szell, un criminal de guerra nazi, torturando con un taladro de dentista a Dustin Hoffman en la película Marathon Man (1976); y entonces se me cae el alma a los pies.
Suena mi nombre. Ha llegado mi turno y tengo que dejarles. Quizá mientras lean este artículo yo esté en plena función, es decir, recostado en un sillón reclinable, mirando al techo y con la boca abierta mientras alguien hurga en su interior con los tornos y otros instrumentos metálicos.
Un sudor frío recorre mi cuerpo, no puedo tragar saliva y me cuesta respirar con normalidad, pero no se preocupen por mí, estoy muy, muy tranquilo. Se nota ¿no?
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