Opinión | Luces de la ciudad
Un día para olvidar
Comencé a marearme, no sé si por culpa del calor acumulado, los efectos etílicos o la descomunal ‘paliza’ recibida; y pensé asustado que podía tratarse de un golpe de calor

Foto de Francisco Peñaranda.
Hace unos días viajé a Sevilla para dirimir una cuestión comercial y, por caprichos del destino, coincidí con un pico de calor que rondaba los cuarenta y tantos grados. Seguro que aquí, en la Región, no le andaríamos a la zaga, pero el calor de aquellas tierras parece afectarme de manera especial. Bueno, en realidad, ni uno ni otro, no soporto el calor excesivo. Algunos de ustedes recordarán mi apego hacia la temperatura otoñal.
Aun así, en un acto de inconsciencia, me senté a tomar una caña en una de las terrazas de la ciudad hispalense, bajo palio, por supuesto, otra cosa hubiera sido un suicidio. Al menos la cerveza estaba fría.
Junto a mí, cuatro señoras compartían la misma afición que yo, la cerveza. Una de ellas se levantó y se despidió de las demás: «me voy que he quedado con unos amigos». «Pues ten cuidado, que hace mucho calor para andar por la calle», alegó una de las otras. «¡Que soy sevillana!», le recordó con guasa la primera. Por esta regla de tres, pensé, yo que soy murciano, en concreto de Lorca, la ciudad del sol, tampoco debería temer al devastador efecto de este asfixiante bochorno. Por tanto, venido arriba, decidí también, insensato de mí, pasear hasta encontrar un restaurante a mi gusto donde cumplir con las necesidades demandadas por mi estómago. Tras la comida, otra vez a la calle y otra vez el calor sofocante.
Mi cuerpo, como una placa solar, iba acumulando más y más grados, y en contra de lo aconsejable, decidí tomar un gin tonic antes de cumplir con las obligaciones que me habían llevado hasta allí, y que no eran otras que las de reunirme con dos personas, hasta ahora desconocidas para mí, con las que negociar la transacción mencionada.
Al parecer, a una de ellas debí caerle especialmente ‘bien’, porque se cebó conmigo. Tras el visionado de más de cincuenta fotografías en su móvil y una hora escuchándole hablar de su familia, su vida laboral, sus amigos y sus mascotas -vamos, de todo menos del motivo de nuestro encuentro- no lo mandé literalmente a la mierda por pura cortesía.
El caso es que comencé a marearme, no sé si por culpa del calor acumulado, los efectos etílicos o la descomunal ‘paliza’ recibida; y pensé asustado que podía tratarse de un golpe de calor. Hui de aquella reunión como pude en busca de un salvavidas en forma de botella de agua bien fría que, a la postre, y para colmo, me provocó un corte de digestión que derivó, para terminar la jornada, en una visita inesperada al Servicio de Urgencias. En fin, uno de esos días para olvidar.
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