Opinión | Dulce jueves

A pleno sol

En un mundo tan trastornado nada hay más perturbador que una injusticia impotente, débil, chapucera o, peor, corrompida

Andrew Scott como Tom Ripley en la serie 'Ripley', de Netflix.

Andrew Scott como Tom Ripley en la serie 'Ripley', de Netflix.

A propósito del funcionamiento de la justicia, todos nos hemos quedado estos días con un sabor amargo, al menos quienes procuramos vivir a este lado de la ley porque consideramos que es lo que se debe hacer. Otros parece que se alegran del ‘alivio penal’, así lo llaman, para los independentistas acusados de terrorismo, debido a un error formal del juez que obliga al archivo del caso contra Puigdemont en el Tribunal Supremo. Años de investigaciones sobre los disturbios registrados en Cataluña tras la sentencia del procés quedan en vía muerta. La idea de que la justicia puede encallar y que la verdad no saldrá jamás a la luz me crea un desasosiego similar al de las historias de Patricia Highsmith, solo que esto ocurre en la realidad más inmediata, esta sí a pleno sol.

G. K. Chesterton consideraba que si hay algo que siempre debe hacer una historia de detectives, es avanzar. Y no avanzar hacia cualquier sitio, sino hacia la luz, es decir, hacia la resolución de los casos. Porque, según él, las historias de crímenes son siempre relatos morales, que haciendo equilibrios entre la verdad y la mentira, culminan en la misma moraleja, que «el asesinato es una costumbre que conviene evitar». Patricia Highsmith estaría de acuerdo con él, aunque solo en el fondo. Un relato debía mostrar interés por la justicia o su ausencia en el mundo, por la lucha entre el bien y el mal. Pero matizaba que le interesaba la moral sólo a condición de que no haya sermones. Y en consecuencia se dedicó a retorcer las moralejas, como comprobará cualquiera que haya leído sus novelas de Tom Ripley. Llevó demasiado lejos su simpatía por los delincuentes, su fascinación por el criminal, la intimidad con el asesino. Vistos como seres audaces, sin ataduras, libres, interesantes, sutiles, a menudo se salen con la suya.

Yo en esto soy muy vulgar. Conocía sus libros de sobra, pero vi la serie reciente sobre las andanzas de Ripley deseando que la policía por fin le echara el guante. Como al público en general, me gusta que al final el criminal sea atrapado y castigado. Nada de finales abiertos, ni siquiera amnistías. Comparto con la mayoría de la gente la pasión por la justicia, la certeza de que la verdad termina triunfando. Es el sueño de la justicia que, según otra de las grandes maestras del suspense, P. D. James, atesoraban las novelas del género policiaco. Nos gustan porque conservan una visión del mundo en la que los males se corrigen y los villanos son descubiertos. En un mundo tan trastornado nada hay más perturbador que una injusticia impotente, débil, chapucera o, peor, corrompida. Necesitamos la confianza en la reparación. Las novelas ofrecen un mundo moralmente comprensible y aceptable porque en él hay personas –policías, jueces, periodistas– que dedican su inteligencia, su integridad y su perseverancia a buscar la verdad. «La novela negra –decía James– nos asegura que creemos que el bien es más fuerte que el mal, que tenemos el deber de intentar arreglar las cosas». Al menos en la ficción, ya que está visto que a la vida real le importa un comino que se haga justicia o no, bien lo saben nuestros delincuentes habituales de la política, a quienes tenemos que soportar cómo pasean su impunidad a pleno sol. Y sin el encanto de Ripley.

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